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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Los destinos cruzados

Andrei Chernyshev. Luz en el callejón.

Alguien repite el nombre
de una ciudad que nunca ha visitado
y con esa palabra
designa la vida, la cifra, le da forma
a un frágil espejismo
de altas torres y plazas y mercados
alegres -y bandadas
de espantadas palomas, surgidas
del sombrero de copa del Gran Ilusionista,
al toque de campanas vespertino.

Alguien mira la noche cayendo como un fruto
maduro de la nada sobre el mar, y ve unos barcos
partir, y se pregunta
qué ocurrirá allá lejos, en países
cuyos nombres conservan
el dorado prestigio del café, la madera y las espadas,
y en qué puerto, en qué alegre taberna
brindaría y con quién al celebrar
la venta del marfil o del cacao.

En una plaza con palomas,
a la sombra de altas torres,
alguien repite el nombre melodioso
de una ciudad que nunca ha visitado.

Más allá de estos mares,
en un bar de los muelles,
un hombre se entretiene
en mirar en el mapa
esta alejada orilla, y se imagina
sus plazas con bandadas de palomas,
sus bulliciosos bares y casinos
de juego, sus mujeres...

Alguien, en cualquier parte
de otra ciudad desconocida,
repite el nombre de una ciudad
desconocida, tan lejana
de aquí, tan lejos
esta ciudad de aquélla,
de su nombre de plata y aventura.

El equipaje abierto (1996)
Felipe Benítez Reyes

domingo, 14 de octubre de 2012

Viñeta de Chesterton

Sir James Gunn. Retrato de Hilaire Belloc, Chesterton y Maurice Baring.

Un personaje de Arthur Machen daba el siguiente consejo a otro personaje de Arthur Machen: "Mi querido señor, le diré a usted, en dos palabras, cuál es la función del hombre de letras. Lo que debe hacer es esto y nada más: inventar una historia maravillosa y contarla de una manera maravillosa".
Entre los hombres de letras que hayan cumplido estos requisitos debe hallarse sin duda el propio Machen. Pero si nos obligasen a precisar un solo inventor de historias maravillosas contadas de manera maravillosa, muchos nos veríamos obligados a acordarnos de Gilbert Keith Chesterton.
En un cuadro de sir James Gunn vemos a tres caballeros, se diría que, por su indumentaria, cada uno de ellos escapado de un siglo distinto. En ese cuadro, Chesterton escribe algo ante la mirada de Maurice Baring  -vestido de profesor jubilado- y de Hilaire Belloc -vestido de personaje de Henri James. Chesterton lleva capa, luce bigote de general iracundo y enfunda su obesidad en unos pantalones rayados. Con el pelo en alboroto, con ese gesto congestionado de los individuos pasados de kilos -y se adivina en el lienzo su respiración fatigosa-, con mano de matarife o de clérigo glotón, le vemos en la actitud en que dio forma a las disparatadas guerrillas de Notting Hill, a los laberintos deductivos del padre Brown o de su trasunto laico Horne Fisher, a las contradictorias andanzas del hombre que fue Jueves o a los verdaderamente raros negocios del Club de los Negocios Raros.
El mundo literario de Chesterton es un mundo de ilusionismo. Cuando la realidad terminaba de interpretar su estricto papel y se retiraba de escena, para Chesterton se abría el telón de lo fantástico. Descubrió el lado misterioso de todo procedimiento lógico y nos enseñó que cualquier enigma se configura a partir de coincidencias triviales. Por esta razón -y por tantas otras- sus piezas literarias pueden provocar una sensación de vértigo: nos inquieta la posibilidad de que lo real no sea más que una máscara de la locura y el sinsentido.
Bernard Shaw cuenta que Chesterton era tan corpulento que quien hablaba con él sólo podía abarcar en su campo visual la mitad de esa corpulencia.
Chesterton estudió pintura para no ser pintor. Solía dar nombre propio a los objetos de sus casa: la cafetera Margaret, la plancha Ottoline, o cosas así... Llegó a concebir la siguiente frase: "La raza humana, a la que tantos de mis lectores pertenecen...", escribió un libro sobre George Bernard Shaw que es algo así como una tarta de nata estrellada en la cara de George Bernard Shaw y, en el remate de una de sus más entrañables novelas, echó a trotar un elefante por las calles de Londres.
(1989)
Gente del siglo (1996)
Felipe Benítez Reyes

miércoles, 20 de enero de 2010

El POEMA

Sergio Ceccotti. Rue des Grands-Augustins, París.
Tan extraño
como llegar a una ciudad
y ver cómo la luz
inventa esa ciudad de la que nunca
has logrado salir.

El equipaje abierto
Felipe Benítez Reyes

lunes, 22 de diciembre de 2008

El capitán Roden

Helmut Glassl. Barcos acercándose a la costa
Él había estado en África, en Barcelona y había viajado en barcos. LLevaba siempre una agenda en la que anotaba todo: la temperatura que hacía, la gente con la que se cruzaba, las defunciones y natalicios, el precio de la fruta. El capitán Roden llevaba una vida maravillada y metódica, y sacaba conclusiones muy marrulleras y visionarias de los años de sequía, de las mareas o de los niños que nacían ciegos, interpretando todo como avisos bíblicos del fin del mundo, que para él siempre estaba a la vuelta de la esquina.
Al capitán Roden le pasaba lo mismo que al sargento Arruza: que ni era capitán ni era nada. En el pueblo había mucha afición, por lo visto, a regalar galones de chichirimoche, porque de otro modo no se explica ese pequeño ejército impostor y algo pirado. Pero el capitán Roden, de todas formas, tenía esa aura enigmática y despeinada de los viejos marinos roncos y apocalipticos, con su medallón de la Virgen y su vozarrón de tempestad con el que entonaba canciones holandesas y vizcaínas con mucha imponencia y desgarro, componiendo la elegía de sus tumbos marinos por el mundo.
Al capitán Roden lo veíamos muchas tardes en el muelle, mirando el horizonte como si esperase la llegada de algún mercante en el que él hubiera navegado en tiempos, para que alguien le dijese: "Eh, capitán, vente con nosotros", y él se fuera sin pensarlo, rumbo a Mogadicho o Socotora.

La propiedad del paraíso
Felipe Benítez Reyes

domingo, 27 de abril de 2008

La desconocida

En aquel tren, camino de Lisboa,
en el asiento contiguo, sin hablarte
-luego me arrepentí.
en Málaga, en un antro con luces
del color del crepúsculo, y los dos muy fumados,
y tú no me miraste.
De nuevo en aquel bar de Malasaña,
vestida de blanco, diosa de no sé
qué vicio o qué virtud.
En Sevilla, fascinado por tus ojos celestes
y tu melena negra, apoyada en la barra
de aquel sitio siniestro,
mirando fijamente -estarías bebida- el fondo de tu copa.
En Granada tus ojos eran grises
y me pediste fuego, y ya no te vi más,
y te estuve buscando.
O a la entrada del cine, en no sé dónde,
rodeada de gente que reía.
Y otra vez en Madrid, muy de noche,
cada cual esperando que pasase algún taxi
sin dirigirte incluso
ni una frase cortés, un inocente comentario...
En Córdoba, camino del hotel, cuando me preguntaste
por no sé qué lugar en yo no sé qué idioma,
y vi que te alejabas, y maldije la vida.
Innumerables veces, también,
en la imaginación, donde caminas
a veces junto a mí, sin saber qué decirnos.
Y sí, de pronto en algún bar
o llamando a mi puerta, confundida de piso,
apareces fugaz y cada vez distinta,
camino de tus mundos, donde yo no podré
tener memoria.


Felipe Benítez Reyes
Los vanos mundos