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sábado, 30 de septiembre de 2017

El paciente inglés

Antonio Matallana. Mapamundi y libros.

Cada dos semanas había una conferencia en la Sociedad Geográfica de Londres. Una persona hacía una presentación y otra expresaba agradecimiento. El orador final solía poner objeciones o someter a prueba la consistencia de la exposición, se mostraba pertinentemente crítico, pero nunca impertinente. Los oradores principales se atenían -según daban todos por descontado- a los hechos y presentaban con modestia hasta las hipótesis más osadas.

Mi viaje por el desierto de Libia, desde Sokunm, en la costa mediterránea, hasta el Obeid, en el Sudán, transcurrió por una de las pocas rutas de la superficie terrestre que presentan diversos problemas geográficos interesantes.

En aquellas salas revestidas de madera de roble nunca se mencionaban los años de preparación, investigación y acopio de fondos. El conferenciante de la semana anterior había citado la pérdida de treinta vidas en el hielo de la Antártida. Se anunciaban con panegíricos mínimos pérdidas similares a consecuencia del calor extremo o de los huracanes. Toda consideración relativa al comportamiento humano y financiero resultaba absolutamente ajena a la cuestión que se examinaba, a saber, la superficie de la Tierra y sus "interesantes problemas geográficos".

Traducción de Carlos Manzano

El paciente inglés (1992)
Michael Ondaatje

El paciente inglés

Antonio Matallana. Mapamundi y libros.

Cada dos semanas había una conferencia en la Sociedad Geográfica de Londres. Una persona hacía una presentación y otra expresaba agradecimiento. El orador final solía poner objeciones o someter a prueba la consistencia de la exposición, se mostraba pertinentemente crítico, pero nunca impertinente. Los oradores principales se atenían -según daban todos por descontado- a los hechos y presentaban con modestia hasta las hipótesis más osadas.

Mi viaje por el desierto de Libia, desde Sokunm, en la costa mediterránea, hasta el Obeid, en el Sudán, transcurrió por una de las pocas rutas de la superficie terrestre que presentan diversos problemas geográficos interesantes.

En aquellas salas revestidas de madera de roble nunca se mencionaban los años de preparación, investigación y acopio de fondos. El conferenciante de la semana anterior había citado la pérdida de treinta vidas en el hielo de la Antártida. Se anunciaban con panegíricos mínimos pérdidas similares a consecuencia del calor extremo o de los huracanes. Toda consideración relativa al comportamiento humano y financiero resultaba absolutamente ajena a la cuestión que se examinaba, a saber, la superficie de la Tierra y sus "interesantes problemas geográficos".

Traducción de Carlos Manzano

El paciente inglés (1992)
Michael Ondaatje

viernes, 18 de diciembre de 2015

El paciente inglés

Antonio Matallana. Mapamundi.

Después de Herodoto, durante centenares de años el mundo occidental se interesó poco por el desierto. Desde el 425 a.C. hasta comienzos del siglo xx no se fijó en él. Hubo silencio. El siglo 19 fue una época de exploradores de ríos y, después, en el decenio de 1920, hubo un epílogo positivo de esa historia en ese rincón de la Tierra, compuesto sobre todo de expediciones financiadas por particulares y a las que seguían conferencias modestas en la Sociedad Geográfica de Londres, en Kensington Gore. Las pronunciaban hombres quemados por el sol y exhaustos que, como los marinos de Conrad, no se sentían demasiado cómodos con el ceremonial de los taxis y el ocurrente, pero pesado, humor de los cobradores de autobús.Cuando viajaban en trenes de cercanías desde los suburbios hacia Knightsbridge para asistir a las sesiones de la Sociedad, se perdían con frecuencia, extraviaban los billetes, atentos exclusivamente a no perder sus viejos mapas y sus notas para la coferencia, escritas lenta y laboriosamente y guardadas en las omnipresentes mochilas que siempre serían como parte de sus cuerpos. Aquellos hombres de todas las nacionalidades viajaban a última hora de la tarde, las seis, iluminados por la luz de los solitarios. Era una hora anónima, cuando la mayoría de los habitantes de la ciudad volvían a sus casas. Los exploradores llegaban demasiado temprano a Kensington Gore, cenaban en Lyons Corner House y después entraban en la Sociedad Geográfica, donde se sentaban en la sala del primer piso, junto a la gran canoa maorí, a repasar sus notas. A las ocho comenzaban las sesiones.

Traducción de Carlos Manzano

El paciente inglés
Michael Ondaatje

domingo, 11 de abril de 2010

El paciente inglés

Antonio Fuertes. Beduinos.

Los beduinos tenían una razón para mantenerme con vida. Yo, verdad, era útil. Cuando mi avión se estrelló en el desierto, uno de ellos supuso que yo poseía dotes particulares. Puedo reconocer una ciudad sin nombre por su croquis en un plano. Siempre he sido un pozo de conocimientos. Soy una persona que, si se queda sola en la casa de alguien, se acerca a la librería, saca un volumen y lo absorbe. Así entra la historia en nosotros. Conocía mapas del fondo del mar, mapas que representan los puntos débiles de la corteza terrestre, mapas pintados en piel con las diversas rutas de las Cruzadas.
Conque conocía su país antes de estrellarme entre ellos, sabía cuando lo había cruzado Alejandro en el pasado por tal o cual motivo o interés. Conocía las costumbres de los nómadas obsesionados con la seda o los pozos. Una tribu tiñó el suelo de todo un valle, lo ennegreció para aumentar la convección y, por tanto, la posibilidad de precipitaciones y construyó altas estructuras desde las que perforar el vientre de una nube. Los miembros de algunas tribus, cuando comenzaba a levantarse viento, alzaban la palma abierta y creían que, si lo hacían en el momento oportuno, podían desviar una tormenta hacia una esfera adyacente del desierto, hacia otra tribu rival. Había desapariciones continuas, tribus que entraban en la Historia de repente al ahogarse en la arena.
En el desierto es fácil perder el sentido de la orientación. Cuando me precipité desde el aire en el desierto, en aquellas depresiones doradas, no cesaba de pensar: debo construir una balsa... debo construir una balsa...
Y, pese a estar rodeado de arenas secas, sabía que estaba entre gente de mar.

Traducción de Carlos Manzano

El paciente inglés
Michael Ondaatje

viernes, 11 de diciembre de 2009

El paciente inglés

Frederick Arthur Bridgman. Tormenta de arena.

Otros son vientos locales, vientos que pasan a ras del suelo como una inundación, descascarillan la pintura, derriban postes de teléfono y transportan piedras y cabezas de estatuas. El harmattan recorre el Sáhara con polvo rojo, polvo como fuego, como harina, que entra y se coagula en los cerrojos de los fusiles. Los marineros llamaron a ese viento el "mar de las tinieblas". Brumas de arena roja procedentes del Sáhara han llegado hasta lugares tan lejanos como Cornualles y Devon y han producido lluvias de lodo tan intensas, que se han confundido con sangre. "En i901 se habló de lluvias de sangre en muchos lugares de Portugal y España".
En el aire hay siempre millones de toneladas de polvo, como también hay millones de metros cúbicos de aire en la Tierra y más seres vivos dentro del suelo (gusanos, escarabajos, criaturas subterráneas) que pastando y viviendo sobre él. Herodoto registra la muerte de diversos ejércitos envueltos en el simoom, a los que no se volvió a ver. Una nación "se enfureció tanto con ese perverso viento, que le declaró la guerra y avanzó en perfecto orden de batalla para resultar rápida y completamente sepultada".

Traducción de Carlos Manzano

El paciente inglés
Michael Ondaatje

jueves, 18 de junio de 2009

Sobre los vientos

Ludwig Hans Fischer. El viento del desierto.

En el sur de Marruecos hay un viento en forma de torbellino, el aajej, contra el que los feyahin se defienden con cuchillos. Otro es el africo, que a veces ha llegado hasta la ciudad de Roma. El alm, viento otoñal, procede de Yugoslavia. El arifi, también llamado aref o rifi, abrasa con numerosas lenguas. Esos son vientos permanentes, que viven en el presente.

Otro es el----, viento secreto del desierto, cuyo nombre suprimió un rey después de que su hijo muriera arrastrado por él. El nafhat, es una ráfaga procedente de Arabia. El mezzar-ifoullousen, violento y frío, procede del Sudoeste; los bereberes lo llaman "el que despluma las aves de corral". El beshabar -viento negro- es otro viento sombrío y seco procedente del Nordeste, del Caúcaso. El samiel -"veneno y viento"- procede de Turquía y se aprovecha a menudo en las batallas. Tampoco hay que olvidar los otros "vientos envenenados": el simoon, del norte de África, y el solano, cuyo polvo arranca pétalos preciosos y arranca vahídos.

Las tormentas de polvo revisten tres formas: el remolino, la columna y la cortina. En el primero desaparece el horizonte. En la segunda te ves rodeado de "djinns danzantes". La tercera, la cortina, "aparece teñida de cobre, la naturaleza parece arder".

Traducción de Carlos Manzano

El paciente inglés
Michael Ondaatje

lunes, 5 de enero de 2009

El paciente inglés

Antonio Fuertes. Muchacha omanita

El 5 de mayo, escalé un risco de piedra y me acerqué a la meseta de Uweinat. Llegué a un gran wadi lleno de acacias.
Hubo un tiempo en que los cartógrafos bautizaban los lugares por los que viajaban con los nombres de sus amantes y no con los suyos: una mujer de una caravana del desierto a la que había visto bañarse, mientras ocultaba su desnudez con muselina sujeta ante sí por una de sus manos, la mujer de un anciano poeta árabe, cuyos hombros de blanca paloma lo incitaron a bautizar un oasis con su nombre. El odre vertió el agua sobre la mujer, que se envolvió en la tela, y el anciano escriba apartó la vista de ella para ponerse a describir Zerzura.
Así, en el desierto un hombre puede deslizarse en un nombre como en un pozo que haya descubierto y en el frescor de su sombra sentir la tentación de no abandonar nunca semejante recinto. Yo sentí el profundo deseo de permanecer allí, entre aquellas acacias. No estaba paseando por un lugar por el que nadie se hubiera paseado antes, sino por un lugar en el que había habido poblaciones repentinas y breves a lo largo de los siglos: un ejército del siglo XIV, una caravana tebu, los jinetes senussi de 1915. Y entre esos períodos... nada había. Cuando no llovía, las acacias se marchitaban, los wadis se secaban... hasta que, cincuenta o cien años después, reaparecía el agua de repente. Apariciones y desapariciones esporádicas, como las leyendas y los rumores a lo largo de la Historia

Traducción de Carlos Manzano

El paciente inglés
Michael Ondaatje

jueves, 6 de noviembre de 2008

El paciente inglés

Antonio Matallana.Mapas y reglas

Cada dos semanas había una conferencia en la Sociedad Geográfica de Londres. Una persona hacía una presentación y otra expresaba agradecimiento. El orador final solía poner objeciones o someter a prueba la consistencia de la exposición, se mostraba pertinentemente crítico, pero nunca impertinente. Los oradores principales se atenían -según daban todos por descontado- a los hechos y presentaban con modestia hasta las hipótesis más osadas.

Mi viaje por el desierto de Libia, desde Sokunm, en la costa mediterránea, hasta el Obeid, en el Sudán, transcurrió por una de las pocas rutas de la superficie terrestre que presentan diversos problemas geográficos interesantes.

En aquellas salas revestidas de madera de roble nunca se mencionaban los años de preparación, investigación y acopio de fondos. El conferenciante de la semana anterior había citado la pérdida de treinta vidas en el hielo de la Antártida. Se anunciaban con panegíricos mínimos pérdidas similares a consecuencia del calor extremo o de los huracanes. Toda consideración relativa al comportamiento humano y financiero resultaba absolutamente ajena a la cuestión que se examinaba, a saber, la superficie de la Tierra y sus "interesantes problemas geográficos".

Traducción de Carlos Manzano

El paciente inglés
Michael Ondaatje