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viernes, 3 de junio de 2022

Cementerio de elefantes

Thomas Pennant. Historia de los cuadrúpedos, 1793. Elefante.

Dicen los aventureros (el tiempo es otro) que en remotas colinas del África devastada y verde, los grandes y fabulosos paquidermos hallaban un lugar retirado, un inaccesible recodo —incluso para aquellos ávidos buscadores de marfil— donde esperar tranquilos la muerte bajo el sol, lejos del mundo, cerca de nada, porque el tremendo ser, el gran ser de la vida, estaba excesivo de costras, muy cansado ya...
Padre de los Orichas, Ángel precioso del Sinfín del Tiempo, hermoso Gato polar del límite del mundo, yo te pido, humildemente nosotros los cansados te pedimos, un lugar así, semejante y lejos, un apartado rincón de la maleza, la cumbre altiva de un zigurat rojizo, una caverna de amatistas húmedas detrás y aún detrás del desierto, te pedimos (nosotros te pedimos) un lugar para descansar, un rincón sin viento ni amargura, fuera del reloj y lejos del vaivén urbano, lejos de la madre, del auto, del negocio, lejos del desenfrenado apetito de la vida, un apartado lugar donde descansar, la manta sobre la cabeza y una música delgada y oreada sin ruido, un lugar donde decir: ya llegué. Déjame estar un rato. Sólo un rato. Gracias. Llegué ya.

La prosa del mundo (2009)
Luis Antonio de Villena 

Cementerio de elefantes

Thomas Pennant. Historia de los cuadrúpedos, 1793. Elefante.

Dicen los aventureros (el tiempo es otro) que en remotas colinas del África devastada y verde, los grandes y fabulosos paquidermos hallaban un lugar retirado, un inaccesible recodo —incluso para aquellos ávidos buscadores de marfil— donde esperar tranquilos la muerte bajo el sol, lejos del mundo, cerca de nada, porque el tremendo ser, el gran ser de la vida, estaba excesivo de costras, muy cansado ya...
Padre de los Orichas, Ángel precioso del Sinfín del Tiempo, hermoso Gato polar del límite del mundo, yo te pido, humildemente nosotros los cansados te pedimos, un lugar así, semejante y lejos, un apartado rincón de la maleza, la cumbre altiva de un zigurat rojizo, una caverna de amatistas húmedas detrás y aún detrás del desierto, te pedimos (nosotros te pedimos) un lugar para descansar, un rincón sin viento ni amargura, fuera del reloj y lejos del vaivén urbano, lejos de la madre, del auto, del negocio, lejos del desenfrenado apetito de la vida, un apartado lugar donde descansar, la manta sobre la cabeza y una música delgada y oreada sin ruido, un lugar donde decir: ya llegué. Déjame estar un rato. Sólo un rato. Gracias. Llegué ya.

La prosa del mundo (2009)
Luis Antonio de Villena 

lunes, 22 de julio de 2019

El cónsul

Cónsul romano. Acuarela del siglo XIX. Escuela catalana.

Mi ciudad -fuera cual fuese- era civilizada y era noble. La gente libre y pacífica (aunque siempre existe la miseria) y el oro una metáfora, un cuerpo, un libro...
¿Por qué no vivo en mi ciudad y porqué perdí aquella casa -allí- espaciosa y tranquila? Vine a la frontera. O me enviaron, no lo recuerdo bien. Y ahora -han pasado bastantes, muchos años- no sé salir ni sé volver. Y aún peor, pues ignoro si mi ciudad (aquella armoniosa ciudad) existe todavía. Vivo aquí, en clima áspero y entre gente ruda. Entre zafios y patanes, muy presuntuosos a menudo. Adoro a ciertos hijos suyos, que a veces me lanzan verriondos aullidos... Ignorantes, toscos, poderosos, ricos, incultos hasta el yermo, groseros, mendaces, híspidos. ¿Qué hago yo entre ellos? No, éste no es mi mundo, ni éstos -patrioteros como son, de una u otra esquina- son mi gente. De los míos sólo de tanto en tanto recibo noticias, con retraso notable. He dicho que mi ciudad -probablemente- ha sido ya censurada y abolida. Por lo demás, no sé volver, y estos patanes usan una moral de viejas tontas... Sé que casi nunca me entienden. A veces, al despertarme -entrado el mediodía- desazonado casi siempre, digo: ¿dónde estoy? ¿Qué hago yo aquí? Y no sé, de veras, si pertenezco ya al pasado o al futuro.

La prosa del mundo (2009)
Luis Antonio de Villena

El cónsul

Cónsul romano. Acuarela del siglo XIX. Escuela catalana.

Mi ciudad -fuera cual fuese- era civilizada y era noble. La gente libre y pacífica (aunque siempre existe la miseria) y el oro una metáfora, un cuerpo, un libro...
¿Por qué no vivo en mi ciudad y porqué perdí aquella casa -allí- espaciosa y tranquila? Vine a la frontera. O me enviaron, no lo recuerdo bien. Y ahora -han pasado bastantes, muchos años- no sé salir ni sé volver. Y aún peor, pues ignoro si mi ciudad (aquella armoniosa ciudad) existe todavía. Vivo aquí, en clima áspero y entre gente ruda. Entre zafios y patanes, muy presuntuosos a menudo. Adoro a ciertos hijos suyos, que a veces me lanzan verriondos aullidos... Ignorantes, toscos, poderosos, ricos, incultos hasta el yermo, groseros, mendaces, híspidos. ¿Qué hago yo entre ellos? No, éste no es mi mundo, ni éstos -patrioteros como son, de una u otra esquina- son mi gente. De los míos sólo de tanto en tanto recibo noticias, con retraso notable. He dicho que mi ciudad -probablemente- ha sido ya censurada y abolida. Por lo demás, no sé volver, y estos patanes usan una moral de viejas tontas... Sé que casi nunca me entienden. A veces, al despertarme -entrado el mediodía- desazonado casi siempre, digo: ¿dónde estoy? ¿Qué hago yo aquí? Y no sé, de veras, si pertenezco ya al pasado o al futuro.

La prosa del mundo (2009)
Luis Antonio de Villena

miércoles, 29 de mayo de 2019

Vida de filósofos ilustres

Friedrich Weber. Erupción del Etna.

Aprende que emanan efluvios de todas las cosas nacidas.
Que todo da luz. Que cada cosa inflama el aire de presencia.
El árbol esplende, el mar se irisa, los efluvios se cruzan.
Un cuerpo brota llamas, si se hace realidad desnuda
sobre la arena tibia. El río incita al agua. Al júbilo.
Todas las cosas lanzan al aire sus redes de deseos.
Y el hombre debe enredarse en ellos. Arder. Ser humo
y combustión y brasa y cellisca en sus breves días.
Unirse a todo cuerpo. Transmutarse en amor. No dejar
huir ningún deseo. Árbol o niña, joven o tigresa.
Arder en cada amor. Y amar todo deseo. Y ser,
al final, como Empédocles, fuego, fuego solo, fuego
en la alta cumbre, sagrada y estéril, del Etna.

Hymnica (1979)
Luis Antonio de Villena

Vida de filósofos ilustres

Friedrich Weber. Erupción del Etna.

Aprende que emanan efluvios de todas las cosas nacidas.
Que todo da luz. Que cada cosa inflama el aire de presencia.
El árbol esplende, el mar se irisa, los efluvios se cruzan.
Un cuerpo brota llamas, si se hace realidad desnuda
sobre la arena tibia. El río incita al agua. Al júbilo.
Todas las cosas lanzan al aire sus redes de deseos.
Y el hombre debe enredarse en ellos. Arder. Ser humo
y combustión y brasa y cellisca en sus breves días.
Unirse a todo cuerpo. Transmutarse en amor. No dejar
huir ningún deseo. Árbol o niña, joven o tigresa.
Arder en cada amor. Y amar todo deseo. Y ser,
al final, como Empédocles, fuego, fuego solo, fuego
en la alta cumbre, sagrada y estéril, del Etna.

Hymnica (1979)
Luis Antonio de Villena

martes, 12 de junio de 2018

Ortodoxia y heterodoxia

Fernando Savater y Luis Antonio de Villena. Heterodoxias y contracultura.

En cada hombre, en cada uno de nosotros, sea cual fuere la ocupación o los intereses que le atareen, hay dos tendencias: la primera de ellas nos impulsa a adherirnos a las opiniones establecidas, a actuar como la mayoría de los que nos rodean, a venerar lo que ellos veneran, a temer lo que ellos temen y a despreciar lo que les vemos despreciar; la otra nos lleva a desmentir las convicciones vigentes, a dudar de lo más firme, a buscar otros modos de conducta, nuevos conocimientos y nuevas técnicas, a escupir sobre lo comúnmente respetado y a buscar la compañía de los réprobos y los descarriados. En todos y cada cual están presentes ambas tendencias, aunque en proporción sumamente variable y cambiante a lo largo de la vida.
La primera tendencia comentada da origen  a lo que podemos llamar ortodoxia en el más amplio sentido de la palabra; la segunda es madre de las heterodoxias, así, en plural, porque hay una sola forma de estar de acuerdo pero muchas de discrepar.

Heterodoxias y contracultura (1982)
Fernando Savater, Luis Antonio de Villena

Ortodoxia y heterodoxia

Fernando Savater y Luis Antonio de Villena. Heterodoxias y contracultura.

En cada hombre, en cada uno de nosotros, sea cual fuere la ocupación o los intereses que le atareen, hay dos tendencias: la primera de ellas nos impulsa a adherirnos a las opiniones establecidas, a actuar como la mayoría de los que nos rodean, a venerar lo que ellos veneran, a temer lo que ellos temen y a despreciar lo que les vemos despreciar; la otra nos lleva a desmentir las convicciones vigentes, a dudar de lo más firme, a buscar otros modos de conducta, nuevos conocimientos y nuevas técnicas, a escupir sobre lo comúnmente respetado y a buscar la compañía de los réprobos y los descarriados. En todos y cada cual están presentes ambas tendencias, aunque en proporción sumamente variable y cambiante a lo largo de la vida.
La primera tendencia comentada da origen  a lo que podemos llamar ortodoxia en el más amplio sentido de la palabra; la segunda es madre de las heterodoxias, así, en plural, porque hay una sola forma de estar de acuerdo pero muchas de discrepar.

Heterodoxias y contracultura (1982)
Fernando Savater, Luis Antonio de Villena