domingo, 9 de agosto de 2009

Místicos y Magos del Tibet

Nicolás Roerich. Lama tibetano.
Viajábamos por el bosque, en la región ocupada por tribus independientes, al extremo occidental del Szetchuan. De repente, en una vuelta del camino, Yongden y yo, que íbamos a pie, divisamos un hombre desnudo con cadenas de hierro enrolladas al cuerpo. Estaba sentado sobre una roca y parecía tan absorto en sus pensamientos que ni nos había oído. Nos paramos asombrados, pero probablemente algún indicio avisó al extraño individuo de nuestra presencia. Volvió la cabeza, nos vio, se levantó de un salto y, más rápido que un gamo, se precipitó a través de la espesura y desapareció. Durante unos instantes oímos el ruido de las cadenas que la rapidez de su carrera hacía entrechocar, y luego todo quedó en silencio.
-Es un lung-gom-pa -me dijo Yongden-. Ya he visto algunos iguales. Llevan cadenas para hacerse más pesados, porque la práctica de lung-gom les aligera tanto el cuerpo que se exponen a flotar en el aire.
Mi tercer encuentro con un lung-gom-pa tuvo lugar en la región de Ga, en el país de Kham. El hombre apareció bajo el aspecto familiar y grosero de un ardjopa, un pobre peregrino con el hatillo al hombro. Millares de semejantes suyos yerran por todos los caminos del Tibet, así que no le prestamos la menor atención.
Aquellos peatones necesitados tienen la costumbre de agregarse a cualquier caravana de mercaderes o grupos de viajeros acomodados que encuentran en su camino y les siguen mientras su itinerario coincida con el suyo. marchan con los criados, al lado de las bestias, y si éstas, poco cargadas, trotan con los jinetes, el pobre infeliz queda rezagado y anda hasta que se reúne con los viajeros en el campamento nocturno. Generalmente no les cuesta trabajo. En los viajes largos, los tibetanos hacen etapas cortas, poniéndose en camino al amanecer y parándose al mediodía para que los animales puedan pacer y descansar durante toda la tarde.
El trabajo que el ardjopa se toma apresurándose para seguir a los jinetes, y los pequeños servicios que presta ayudando a los criados, se recompensan con la cena diaria y, de vez en cuando, con tazones de té y tsampa que le dan de limosna.
Siguiendo dicha costumbre, el peregrino que encontramos se agregó a nosotros. Supe por él que había vivido en Pabong gompa , en el país de Kham, y que iba a la provincia de Tsang. Largo viaje, que a pie, y parándose para pedir limosna en los pueblos, le significaría tres o cuatro meses.
Los tibetanos no temen hacer correrías semejantes.

Místicos y Magos del Tibet
Alexandra David-Néel