viernes, 29 de julio de 2011

Manhattan Transfer


Wall Street, Manhattan, Nueva York, 1952. Foto de Bob Kradin.

Al atardecer, trenes-luciérnagas van y vienen entre la niebla por las lanzaderas de los enmarañados puentes. Los ascensores suben y bajan. Las luces del puerto parpadean.
Como la savia de las primeras heladas, a las cinco, hombres y mujeres empiezan a rezumar lentamente de los altos edificios del centro. Muchedumbres pálidas inundan los metros y los túneles, desaparecen bajo tierra.
Toda la noche los grandes edificios permanecen callados y vacíos, sus millones de ventanas apagadas. Babeando luz, los ferries devoran su camino en el puerto de laca. A medianoche los transatlánticos expresos de cuatro chimeneas zarpan de sus muelles luminosos para hundirse en la oscuridad. Los banqueros, con los ojos legañosos, oyen, terminadas sus conferencias secretas, los aullidos de los remolcadores cuando los vigilantes, gusanos de luz, abren las puertas laterales. Se instalan refunfuñando en el fondo de sus limousines y se dejan llevar rápidamente hacia la calle cuarenta y tantos, calles sonoras, inundadas de luces blancas como gin, amarillas como whisky, efervescentes como sidra.

Traducción de José Robles

Manhattan Transfer
John Dos Passos