jueves, 24 de marzo de 2011

Magallanes

Stefan Zweig. Magallanes. Cubierta de Eduardo Ruiz.

A través de aquel estrecho de aguas más calmadas, llegaron a una segunda bahía que se estrechaba en un sitio para ensancharse en otro. Tres días duraba el viaje, sin hallar el fin de aquel singular estrecho. Sin embargo, el imponente camino de agua de ningún modo podía ser un río. El agua era salada en toda su extensión, y con regularidad y ritmo aparecían las mareas alta y baja. No era una corriente, como el Plata, que se estrechara agua arriba de la desembocadura; antes al contrario, ancha y con caracteres oceánicos, la superficie se extendía en aquel piélago singular con profundidad constante. Era más que probable que aquel fiordo, aquel canal, saliera al tan buscado Mar del Sur, cuyas orillas divisara hacía pocos años, desde las alturas de Panamá, el primer europeo, Núñez de Balboa.
En todo un año no había recibido Magallanes, el hombre tantas veces puesto a prueba, una noticia más satisfactoria. Ya se puede suponer cómo iluminaría, de súbito, su alma sombría y acongojada. En su fuero interno desesperaba ya y había previsto la vuelta por el Cabo de Buena Esperanza. Nadie sabe qué secretos votos y oraciones debió de elevar de rodillas a Dios y sus santos. Y ahora que su fe vacilaba, la ilusión empieza a ser verdad, y el sueño a realizarse. Es cuestión de no vacilar un solo instante, ¡Arriba las áncoras! ¡A desplegar velas! Una última salva en homenaje al emperador y una plegaria al Almirante de todos. Y en seguida, adelante a través de aquel laberinto. Si encuentra en aquellas aguas aquerónticas un camino que salga al otro mar, él será el primero que habrá dado con la ruta alrededor del mundo. Con sus cuatro barcos emprende Magallanes animosamente la navegación de aquel canal, que en conmemoración de la festividad del día bautiza con el nombre de Canal de Todos los Santos y que la posteridad, agradecida, denominará de Magallanes.

Traducción de Editorial Juventud

Magallanes
Stefan Zweig