miércoles, 24 de agosto de 2011

Recuerdos de Polonia

John Phillips. Interior del castillo de Wawel en Cracovia, Polonia.

¡Qué poco conocía Polonia! Pertenezco a esa clase de gente, a quien no le gusta moverse, los viajes no me excitan. Si abandonaba Varsovia, era para ir al campo a Maloszyce en la región de Sandomierz, o bien con mis hermanos a la región de Ilza o de Radom, a veces a la montaña, o a la costa, o por último, con menor frecuencia, al extranjero.
Me da verguenza decirlo, pero fui por primera vez a Cracovia cuando ya tenía cerca de treinta años y llevaba en la maleta el manuscrito casi terminado de Ferdydurke.
Iba a Czorsztyn y decidí pasar por Cracovia a fin de confrontarme al Wawel y al pasado polaco en general. Era una necesidad vaga, quizá dictada por la congoja que sentía ya toda Europa a causa del armamento de Alemania, quería contemplar ese corazón de la nación polaca y averiguar mis propias reacciones. Pero, repito, no era nada claro ni urgente, y si Cracovia no hubiera estado en el camino de Czorsztyn, yo no habría emprendido ese peregrinaje.
¿Peregrinaje? Mis sentimientos no eran los de un peregrino, más bien todo lo contrario. Después de haber leído recientemente en el diario del joven Zeromski la descripción de su viaje a Cracovia, no pude resistirme a comparar nuestras dos peregrinaciones separadas en el tiempo por más de cuatro décadas. Lo de Zeromski era un verdadero peregrinaje. "Lleno de veneración, tocas los mármoles con dedos temblorosos y murmuras en lo profundo de tu alma: ¡Oh, ilustrísimos...!". Con estas palabras es como relata su visita al Wawel, hablando de lo que él llama "el minuto maravilloso de la vida, comparable al de la primera comunión". En cuanto a mí, yo no iba allí para postergarme ni arrodillarme -¡sino para controlar! ¿Controlar, el qué?, me preguntareis. Yo mismo no lo sabía muy bien. Pero de todas formas, esta expedición tuvo el carácter de una inspección fría y no de una adoración humilde.

Traducción de Bozena Zaboklicka y Juan Carlos Vidal

Recuerdos de Polonia
Witold Gombrowicz