miércoles, 9 de octubre de 2013

La conquista de la felicidad

Bertrand Russell, en 1951, fotografiado por Alfred Eisenstaedt.

Hablé ya en el párrafo anterior de lo que llamo interés amistoso por las cosas. Esta frase quizá parezca forzada: tal vez se diga que es imposible sentir amistad hacia las cosas. Sin embargo, hay algo análogo a la amistad en el interés que un geólogo tiene por las rocas, o un arqueólogo por las ruinas, y este interés debiera ser un elemento en nuestra actitud hacia individuos y colectividades. Es posible tener un interés más bien hostil que amistoso por las cosas. Puede haber quien coleccione hechos relativos a las arañas porque las odia y quisieran que desaparecieran. Este interés no puede producirle la misma satisfacción que le producen al geólogo sus rocas. El interés hacia las cosas, aunque es quizá menos valioso como elemento de nuestra felicidad cotidiana que una actitud amistosa hacia nuestros conocidos, es, sin embargo, muy importante. El mundo es amplio y nuestros poderes limitados. Si toda nuestra felicidad ha de depender exclusivamente de nuestras circunstancias personales, es probable que pidamos a la vida más de lo que pueda darnos. Y pedir demasiado es el mejor camino para obtener lo menos posible. El que pueda olvidar sus preocupaciones interesándose sinceramente en algo, por ejemplo, en el Concilio de Trento o en la historia de la vida de las estrellas, notará que al volver de su excursión a ese mundo impersonal, ha adquirido un reposo y una calma que le capacitan para afrontar de buen humor toda molestia, y al mismo tiempo habrá gozado de una felicidad genuina, aunque sea temporal.
El secreto de la felicidad es éste: que tus interese sean lo más amplios posible y que tus reacciones hacia cosas y personas interesantes sean amistosas en vez de ser hostiles.

Traducción de Julio Huici Miranda

La conquista de la felicidad
Bertrand Russell