sábado, 9 de agosto de 2014

El esclavo de Asurbanipal

Santiago Ginés Quiñonero. Asurbanipal en su biblioteca.

Ser esclavo del gran rey Asurbanipal,
el dueño del mundo,
era mejor que ser su consejero o su rey vasallo.
Particularmente inseguro era el puesto de consejero.
La ira del gran rey era la del león despedazador.
Muchos consejeros fueron desollados.
El trabajo de esclavo era, por el contrario, tolerable,
debido a una ordenanza del gran rey,
según la cual esclavos, caballos y perros debían ser tratados por igual
y estar, además, bien mantenidos, y lucir un aspecto agradable 
durante su servicio en palacio.
Gracias a que esta ordenanza se cumplía escrupulosamente
y a que los propios esclavos contribuíamos a dar una impresión de limpieza
sobreviví, como esclavo, a muchos consejeros.
Ni siquiera el astuto Kadsabuk
-experto en cólera de león-
 logró sobrevivirme.
Su piel fue colgada en el muro de la Ira
mientras mi piel era ungida diariamente para el servicio de centinela.
Yo pertenecía a la Guardia Aromática.
Cada día a la hora del lavatorio
me limpiaban y me atendían
con la misma escrupulosidad que si hubiese sido un caballo de caza
o un perro de palacio.
Así pude vivir mi tiempo
mientras muchas notables personalidades
eran quemadas como serviciales polillas
por el Gran Rey,
la Lámpara de las lámparas.

Traducción de Francisco J. Uriz

Las hierbas de Thule (1958). Entre luz y oscuridad.
Harry Martinson