lunes, 31 de agosto de 2015

Leer de noche

Ilustración de Gaston La Touche.

Siempre hay alguna noche que nos convoca a abrir un libro, que a su vez parece dormir en cierta penumbra esperando ser alcanzado por nuestra mirada. Los objetos, como las letras, sílabas y palabras, los hechos, como las frases, se perfilan con una nitidez distinta. Luz de luna, decimos. Y así, tenue, sin excesos, sentimos el alivio y la placidez de lo que parece abrigar, hasta acunar un sueño por venir. Y no es infrecuente leer desde la noche de las noches, que nos sabe como mortales, y atisbar una despedida mayor que la de un desfallecimiento. Eso otorga un alcance a cada instante, que se ofrece con una plenitud extraordinaria. Y hemos de reponernos y sobreponernos para recuperar la sencillez indispensable para leer. Es hora de entregarnos. Ya no hay excusas. Estamos a solas. Nada nos perturba. Salvo todo, que cobra una presencia radical y que se ofrece sin miramientos, y que nos sitúa ante lo que somos y no somos. Y quizá necesitemos alivio, el del placer de la lectura, el de historias extraordinarias, más o menos entrañables. Y que alguien nos cuente algo antes de dormir. Y que lo haga, si es posible, con afecto. Y sea o no un relato o una narración, que ofrezca sentimiento o pasión. Incluso en estas condiciones de noche disfrutaríamos de algo o de alguien que nos despierte ilusión. Un verso, un poema, una reflexión pueden resultar una aventura. Hay muchas maneras de vivir noches inolvidables.

Darse a la lectura (2012)
Ángel Gabilondo

2 comentarios:

Herti Musthofa dijo...

Recuerde que si usted tiende a culpar a las circunstancias, condiciones y demás usted perderá el control sobre sí mismo.
Bahaya Keringkan Pakaian

Higinio dijo...

Tienes razón en lo que dices. La circunstancia de cada persona es singular, única, y también lo es la manera de cada persona en afrontarla

Un fuerte abrazo, amiga Herti Musthofa