viernes, 18 de marzo de 2016

Mi lámpara y mi papel blanco

Harry Kwinkelenberg. Pluma, tintero y papel.

2
La soledad se acrecienta si, sobre la mesa iluminada por la lámpara, se expone la soledad de la página blanca. ¡La página blanca!, ese gran desierto por atravesar, nunca atravesado. Esa página blanca que permanece blanca cada noche, ¿no es acaso el gran signo de una soledad sin fin recomenzada? Y qué soledad se encarna al lado del solitario cuando éste es un trabajador que no solamente quiere pensar, sino que quiere escribir. Entonces la página blanca es una nada, una nada dolorosa, la nada de la escritura.
¡Oh, si uno pudiera solamente escribir! Después, quizá se podría pensar. Primun scribere, deinde philosophare, dice una ingeniosa salida de Nietzsche. Pero se está demasiado solo para escribir. La página blanca es demasiado blanca, inicialmente demasiado vacía, para que comience realmente a existir escribiendo en ella. La página blanca impone silencio. Contradice la familiaridad de la lámpara. La «lámina» tiene, desde entonces, dos polos, el polo de la lámpara y el polo de la página blanca. Entre esos dos polos, está dividido el trabajador solitario. Un silencio hostil reina entonces en mi «lámina». No ha vivido acaso Mallarmé en una «imagen» dividida cuando evocaba:
...la desierta claridad de una lámpara
sobre el papel vacío que la blancura defiende.

Traducción de Hugo Gola

La llama de una vela
Gaston Bachelard (1884-1962)