lunes, 16 de mayo de 2016

Et in Arcadia ego

Oskar Lenz. Oasís de Tindouf, 1880.

Prólogo a el Viaje a Italia, por Chautebriand.

Un libro de viajes es el relato de una ficción, la descripción del espejo cuya perpetua presencia es esencial en el gabinete del que, escribiendo, vive y a la Escritura debe su placer. La tradición oral en el alba de los tiempos, las cartas y las fotografías y el ilusionismo cinematográfico hoy día, aseguran esa ficción, la confirman.
Nadie ha viajado nunca: nadie ha salido nunca de la geografía de sí mismo. No hay, en el libro de viajes, relato de lo visto y aprendido —o aprehendido— en otras latitudes pues ello es completamente imposible: no hay otras latitudes que los matices y fragmentos del cuerpo ensimismado; nada se disfrutó o padeció que dentro no morara. La narración sella el reconocimiento de lo viajado desde la mesa de caoba y la boa que nos devora: la travesía interior, el vértigo y el regalo: la humana ilustración de sí.
Fascinación ante nosotros mismos es el viaje y fruto de esa fascinación devienen la fábula y los mapas, los exóticos nombres, la simbiosis del paisaje: perversión donde aquéllo que nos rodea se aprecia en tanto lo convertimos en objeto, apropiándonoslo; la relación es pues puramente objetual respecto a las ciudades adivinadas o las personas apenas vislumbradas en el iniciático trayecto: objetos que flotan en una burbuja de aire, en un arca de vidrio que, pérfida y sabiamente, construimos como la oruga la cápsula de seda, para protegernos del lugar donde vivimos y para enriquecimiento propio: la consecución del placer —vanidoso y mimético— a través de nosotros mismos. En la literatura hallamos secreto goce y en el viaje identidad.

Et in Arcadia ego (1983)
José Carlos Llop