viernes, 9 de septiembre de 2016

El bosque animado

Theophile Steinten. Gato al claro de luna.

Estancia XI
El gato es el más romántico de los animales; su alianza con el hombre está hecha tan sólo para poder ensoñar con comodidad, libre de los absorbentes cuidados de ganar la vida y de defenderla. El perro da, en cambio, su trabajo y se muestra siempre dispuesto a él, con celo impaciente. El gato no. Si coge algún ratón, es porque le distraen las peripecias de la caza; pero a veces, cuando está sumido en fantasías cautivadoras, los deja pasar a su lado sin molestarse en entreabrir los párpados. No admite dueños, sino anfitriones, y por eso no sirve, sino que se deja servir. Tan seguro está de sus propias perfecciones, de la belleza de su piel, de la elegancia de todas sus actitudes, que entiende pagar la máxima merced con su presencia; sabe que embellece un hogar y que nunca, ocurra lo que ocurra, ni en el abandono del sueño ni en la imprevisión de una caída, desagradará con una postura ridícula a quien lo mire.
Después, lo que importa es soñar. Enroscado junto al fuego, o sobre el más mullido mueble de la casa, o inmóvil en el alféizar de una ventana para dejarse ver —más que para ver— del mundo exterior, imagina estupendas historias y no gusta de que alguien le estorbe. Cuando todos duermen y son tan densas las sombras que a un hombre le parece tropezar en ellas, sentirlas como cuajadas a su alrededor, el gato gusta de recorrer con sus leves pies de terciopelo los rincones que el misterio de la noche transforma. Pero es la luna la que ejerce sobre él un poder más irresistible. Siempre conoce él una rendija por donde deslizar su flexible cuerpo y salir, cuando la luna alumbra líricamente el mundo. Bajo la luz de la luna le place amar y aventurarse en excursiones cuyo objeto nadie conoce más que él, y mirar todas las cosas maravillosas que ocurren en un bosque en una noche lunada.

El bosque animado (1943)
Wenceslao Fernández Flórez