jueves, 8 de septiembre de 2016

La meditación

Azorín, en los muelles del Sena, París. Foto de Sebastián Miranda, 1938.

La meditación se ha perdido en el mundo moderno; sólo la conservan el religioso y el artista; la meditación se ha perdido entre los expresos, los automóviles, los aviones, los trasatlánticos, la radio, el teléfono... Sin embargo, todos esos medios facilitan la vida; la facilidad de la vida ahorra energías humanas; con más energías a su disposición, con más sosiego, con más tiempo libre de esfuerzos, el hombre podría meditar más. ¿Y cómo no se medita? ¿Cómo se medita menos en el mundo moderno que en el antiguo? Tal vez al escribir estas líneas estoy siendo víctima de una ilusión; se puede meditar en un avión, en un trasatlántico o en un expreso tan espaciosa y hondamente como en un cuartito de paredes desnudas, allá en el siglo XIII, o el XVI, o en este XX. Si es en el XX, nos place ver al meditador en un descanso de su trabajo —el trabajo de pintar o escribir— después de haber dejado los pinceles o la pluma. El religioso tiene su norma y su aspiración suprema; el artista traduce su meditación en sensaciones y en imágenes; cuanto sea la meditación más densa y pura, tanto más exquisitas serán las sensaciones y las imágenes. El artista se contrae a lo visible, esclavo del mundo, sujeto a las cosas, y el religioso, más feliz, se evade del mundo y vuela hacia lo infinito

El escritor (1942)
Azorín