domingo, 27 de diciembre de 2009

Leyenda en torno al origen del libro Tao Te King

Lao Tse. Ilustración de Tomás Páv.

Leyenda en torno al origen del libro Tao-Te-King, escrito por lao Tse en el camino de la emigración.

1. A sus setenta años, ya achacoso, sintió el maestro grandes ansias de paz. En el país, la bondad enflaquecía, y cobraba nuevas fuerzas la maldad. Y decidió marchar.
2. Empaquetó sólo lo imprescindible, lo que sabía iba a necesitar: la pipa en que fumaba cada noche, el libro al que acudía sin cesar, y suficiente pan.
3. Gozó una última vez mirando al valle, mas lo olvidó tan pronto comenzó a ascender. Mientras al anciano llevaba a su lomo, iba rumiando yerba fresca el buey. Su marcha era suficiente para aquél.
4. Cuatro días anduvieron entre peñas, hasta que un aduanero los paró. -¿Alguna cosa de valor? -Ninguna- Y el muchacho que llevaba al buey habló. -Es un maestro -dijo-, y todo se aclaró.
5. Pero el hombre estaba alegre y dirigiéndose al muchacho preguntó: -¿Qué enseña?- -Que el agua blanda en movimiento acaba venciendo a la más dura piedra. ¿Sabes? Hace falta paciencia.

6. Por no desperdiciar la luz del día, aguijó el muchacho luego al animal, y ya detrás de un pino los tres se perdían cuando el aduanero comenzó a gritar: -¡Alto ahí, que os quiero hablar!
7. Dime otra vez eso del agua anciano-. Se detuvo el maestro: ¿Te interesa?- Respodió el hombre: -Soy aduanero, mas saber quién gana siempre me interesa. Si lo sabes, ¡cuenta!.
8. - Anótalo. Díctaselo al chico. No lo reserves sólo para ti. Comida tengo en casa, y papel y tinta: todo lo que hace falta para escribir. ¿Quieres venir?
9. Examinó el anciano al aduanero. Chaqueta zurcida, descalzos los pies. Una profunda arruga cruzaba su frente. No era la estampa de alguien acostumbrado a vencer. Y murmuró el maestro: -¿Tú también?-

10. Había vivido el anciano demasiado para rechazar tan cortés invitación. -Quien pregunta merece ser contestado-. -Y hace frío -el muchacho intercaló-. -Está bien, quedémonos-.
11. Desmontóse entonces el sabio de su buey, y escribió con el chico durante una semana. El aduanero se encargaba de darles de comer (y a los contrabandista maldecía en voz baja). Pero antes o después, todo se acaba.
12. Una mañana, al fin, ochenta y una sentencias entregó el muchacho al aduanero. Y tras agradecerle una pequeña prenda, otra vez en camino se pusieron. ¿Cabe ser más atento?
13. No celebremos, pues, tan sólo al sabio cuyo nombre en el libro resplandece. Al sabio hay que arrancarle su tesoro. El aduanero que supo retenerle gracias también merece.

Traducción de Joaquín Rábago

Historias de almanaque
Bertolt Brecht