miércoles, 20 de enero de 2010

Viajes con Heródoto

Ryszard Kapuscinski. Fotografía de Woiciech Druszcz.

Aun cuando pasaran años sin que abriese su Historia, no por eso dejaba yo de pensar en su autor. En tiempos había sido un hombre de carne y hueso, un personaje real, caído luego en el olvido durante dos milenios y hoy, después de tantos siglos, volvía a ser -al menos para mí- una figura viva. Lo doté del aspecto y de los rasgos que quería darle. Lo había convertido en mi Heródoto, y en tanto que mío, me resultaba particularmente próximo; hablábamos la misma lengua y nos entendíamos a la primera palabra.
Me lo imaginaba en situaciones como ésta: se me acerca cuando me encuentro en la orilla de algún mar, deposita a un lado el bastón, sacude las sandalias de la arena y sin más dilaciones inicia una conversación. Seguramente es uno de esos charlatanes que van a la caza de oyentes, que necesitan de un auditorio; sin oyentes se marchitan, no saben vivir sin ellos. Se trata de personas dotadas de la singular naturaleza de los coparticipadores: incansables y siempre en estado de excitación, en cuanto ven u oyen algo en alguna parte, enseguida tienen que transmitirlo a otros; son incapaces de guardárselo ni por un momento. Esa pasión suya la consideran también su misión: ¡partir, llegar, enterarse y comunicar el hallazgo al mundo sin perder un segundo!

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski