domingo, 14 de octubre de 2012

Viñeta de Chesterton

Sir James Gunn. Retrato de Hilaire Belloc, Chesterton y Maurice Baring.

Un personaje de Arthur Machen daba el siguiente consejo a otro personaje de Arthur Machen: "Mi querido señor, le diré a usted, en dos palabras, cuál es la función del hombre de letras. Lo que debe hacer es esto y nada más: inventar una historia maravillosa y contarla de una manera maravillosa".
Entre los hombres de letras que hayan cumplido estos requisitos debe hallarse sin duda el propio Machen. Pero si nos obligasen a precisar un solo inventor de historias maravillosas contadas de manera maravillosa, muchos nos veríamos obligados a acordarnos de Gilbert Keith Chesterton.
En un cuadro de sir James Gunn vemos a tres caballeros, se diría que, por su indumentaria, cada uno de ellos escapado de un siglo distinto. En ese cuadro, Chesterton escribe algo ante la mirada de Maurice Baring  -vestido de profesor jubilado- y de Hilaire Belloc -vestido de personaje de Henri James. Chesterton lleva capa, luce bigote de general iracundo y enfunda su obesidad en unos pantalones rayados. Con el pelo en alboroto, con ese gesto congestionado de los individuos pasados de kilos -y se adivina en el lienzo su respiración fatigosa-, con mano de matarife o de clérigo glotón, le vemos en la actitud en que dio forma a las disparatadas guerrillas de Notting Hill, a los laberintos deductivos del padre Brown o de su trasunto laico Horne Fisher, a las contradictorias andanzas del hombre que fue Jueves o a los verdaderamente raros negocios del Club de los Negocios Raros.
El mundo literario de Chesterton es un mundo de ilusionismo. Cuando la realidad terminaba de interpretar su estricto papel y se retiraba de escena, para Chesterton se abría el telón de lo fantástico. Descubrió el lado misterioso de todo procedimiento lógico y nos enseñó que cualquier enigma se configura a partir de coincidencias triviales. Por esta razón -y por tantas otras- sus piezas literarias pueden provocar una sensación de vértigo: nos inquieta la posibilidad de que lo real no sea más que una máscara de la locura y el sinsentido.
Bernard Shaw cuenta que Chesterton era tan corpulento que quien hablaba con él sólo podía abarcar en su campo visual la mitad de esa corpulencia.
Chesterton estudió pintura para no ser pintor. Solía dar nombre propio a los objetos de sus casa: la cafetera Margaret, la plancha Ottoline, o cosas así... Llegó a concebir la siguiente frase: "La raza humana, a la que tantos de mis lectores pertenecen...", escribió un libro sobre George Bernard Shaw que es algo así como una tarta de nata estrellada en la cara de George Bernard Shaw y, en el remate de una de sus más entrañables novelas, echó a trotar un elefante por las calles de Londres.
(1989)
Gente del siglo (1996)
Felipe Benítez Reyes