domingo, 8 de mayo de 2016

Tumbado

José Antonio Muñoz Rojas. Las cosas del campo.

Se estaba bien, tumbado, sin hacer nada, sobre las baldosas si era verano porque estaban frescas, sobre una estera, si no, mirando al techo, mirando las sombras de la calle por la pared, o el juego del sol tras las persianas. Diciéndose: 
—Debe ser el mulo del hortelano. — O:
—El agua de la fuente.
—Las jacas de don Pedro.
—El coche de los muertos.
—Nada, ahora nada.
Pero la nada no era tan sencilla. Transcurría. Hasta que de nuevo la sombra o la voz de una muchacha cantando, o el ruido de otra que lavaba, o la campanilla. ¿Quién sería? Podía ser todo. El huésped maravilloso, la esperada señora, el regalo mayor. Y mientras, nosotros, tumbados como si nada. La vida era así. Una sombra de fuera, reflejada en la pared, el paréntesis entre dos ruidos, una suspensión maravillosa, la posibilidad de que llamaran y se entrara por las puertas quién sabe quién. O nada. Simplemente estar tumbado y que no pasara nada. Un aleteo, un asomarse a un barandal precioso, a un paisaje temblador. El puro reflejo de todo en algo que estaba dentro de nosotros y que debía parecerse a un agua tranquila, a una tarde sin límite.

Las cosas del campo (1951)
José Antonio Muñoz Rojas