sábado, 6 de agosto de 2016

El sepulcro sin sosiego

Cyril Connolly, en 1962. Foto: ITV Rex Shutterstock.

Partir nueces de color rojizo, mirar por la ventana los plátanos rojizos, festoneados de verde y amarillo, leer el Tao-te-King junto a una buena chimenea encendida: he ahí la sabiduría propia de octubre, bienaventuranza del otoño: el estudio equinoccial de las religiones.

Huir a la campiña: el despertar matinal en una casa de campo, el ruido de las mujeres en el patio, las gallinas, los patos, los gansos y los perros que salen al aire libre tras pasar la noche en el corral; el loro que afila el pico contra los barrotes de su jaula; el aroma del desayuno, el hortelano que trae los tomates y las lechugas; los periódicos dominicales, el correr del agua en el grifo y el murmullo de los escuadrones de cazas allá en lo alto. Almorzar al aire libre.

La siesta vespertina, tan rica en disturbios de la memoria; el baño a la desvaída luz del día, con el rumor del grifo del agua caliente y los chillidos de los niños al acostarse, mientras la fría luz del sol se extingue entre los olmos, sobre los campos líquidos. El paseo antes de acostarse, el estimulante aire de la noche.
Solamente en el campo podemos llegar a conocer a una persona o un libro.

Traducción de Miguel Martínez-Lage

El sepulcro sin sosiego
Cyril Connolly