jueves, 2 de agosto de 2012

La bolsa de libros

W. Somerset Maughan escribiendo en su despacho. Foto: Alfred Eisenstaedt.

Hay personas que leen para instruirse, lo que merece alabanza; las hay que leen por diversión, lo que es inocente, pero también hay muchas que leen por hábito, lo que no es inocente ni merece alabanza. Yo me incluyo entre estas últimas. La conversación me aburre pronto, el juego me cansa y hasta mis propios pensamientos, que, según dicen, son un motivo inagotable de diversión para el hombre inteligente, tienen cierta tendencia a extinguirse. Entonces corro en busca de mis libros como el fumador de opio en busca de su pipa. Prefiero leer el catálogo de los almacenes Army and Navy o la Guía Bradshaw, a no leer nada; es más, leyendo esos dos libros he pasado horas deliciosas. Hubo un tiempo en que no salía nunca sin llevar en el bolsillo el catálogo de una librería de lance. No conozco una lectura más provechosa. Naturalmente, leer así es tan censurable como usar drogas, y nunca ha dejado de admirarme la impertinencia de los grandes lectores que por el hecho de serlo desprecian a los incultos. Desde el punto de vista de la eternidad, ¿será mejor haber leído miles de libros que haber arado un millón de surcos? Reconozcamos sinceramente que la lectura es para nosotros como una droga de la que no nos podemos privar. ¿Quién de este grupo no conoce el nerviosismo que le ataca cuando hace tiempo que no lee, la aprensión y la irritabilidad que experimenta, y la satisfacción que siente al ver una página impresa? No nos vanagloriemos pues, como tampoco pueden vanagloriarse los esclavos de la jeringuilla o del opio.
Yo, como el vicioso que no puede ir de un sitio a otro sin llevar consigo una buena provisión de su terrible bálsamo, nunca viajo sin suficiente materia para leer. Los libros me son tan necesarios que cuando, ya en el tren, me doy cuenta de que los demás viajeros no llevan ninguno, se apodera de mí una sensación de verdadero espanto. Naturalmente, cuando el viaje es largo adquiere una magnitud gigantesca...

Traducción de J. Romero de Tejada

Ah King, mi criado chino
William Somerset Maugham