miércoles, 31 de julio de 2013

Por qué nos gustan los objetos distantes

Albert Bierstadt. Tormenta sobre las montañas (1870).

Los objetos distantes nos gustan en primer lugar porque comportan una idea de espacio y magnitud, y porque, al no interferir en la mirada su excesiva proximidad, los revestimos de los colores indistintos e inmateriales de la imaginación. Al contemplar las brumosas cimas de los montes que limitan el horizonte, la mente parece tomar conciencia de todos los objetos y los intereses imaginables que se encuentran en medio; entre tanto, fantaseamos toda clase de aventuras, extendemos nuestros deseos y esperanzas para alcanzar el círculo trazado en el aire o para "divisar nuevos países, ríos y montañas" y los prolongamos mucho más allá. Nuestros sentimientos, una vez libres de sí mismos, se despojan de la vulgaridad y la cáscara, se vuelven más fluidos, se expanden, se funden en la suavidad y se iluminan con la belleza, se convierten en "región etérea, teñida de cielo".(1) Bebemos el aire que tenemos delante y tomamos prestada una existencia más refinada de los objetos suspendidos al borde de la nada. Cuando el paisaje se desdibuja en el entorno oscurecido, llenamos el espacio tenue e invisible con formas de bondad desconocida y teñimos la confusa perspectiva con esperanzas y deseos, y con los temores más fascinantes.

(1) John Milton, El paraíso perdido. (N.de la T.) Maria Faidella.

Traducción de Maria Faidella

El placer de odiar
William Hazlitt