lunes, 15 de diciembre de 2008

LA BARONESA DESNUDA

Hubert de Lartigue. Cascadas
Sólo un mes después de ese encuentro decisivo, la baronesa Elisa von Wagner convocó una conferencia de prensa en el salón de un hotel parisino. Informó a los periodistas allí reunidos de que pronto marcharía a las islas Galápagos, donde fundaría Paradise Retrouvé, un balneario en la playa sin parangón, dirigido exclusivamente al turismo de élite, pues sólo atendería una clientela rica y sofisticada. Dispondría de un enorme hotel con piscinas, pistas de tenis y golf, caballerizas, un pequeño puerto deportivo para los yates que atracarían allí... tal vez, con el tiempo, incluso un casino, que se convertiría en el Montecarlo del Pacífico. El proyecto tenía el respaldo del gobierno de Ecuador, que deseaba convertir las islas Galápagos en algo comparable a lo que había hecho Estados Unidos con Hawai.
Y luego, acompañada de Robert Philipson y un amigo alemán con cierta inclinación hacia la aventura llamado Lorentz, Elisa atravesó el oceáno Atlántico y el canal de Panamá. Los tres desembarcaron en el puerto ecuatoriano de Guayaquil, donde contrataron a un carpintero, un tal Chamuso, para construirles una vivienda provisional para vivir mientras se realizaban las obras de la estructura principal del hotel. El Gobierno les proporcionó un barco, el Cristóbal, que los llevó a todos a la isla de Floreana. El viaje duró siete días y, cuando estaba a punto de fondear delante de la isla, la baronesa, como en un rito pagano, se desvistió y, desnuda y espectacularmente hermosa, se zambulló en el agua cristalina. Nadó hasta la costa y salió del agua, cual Venus, para tomar posesión de su reino insular. El clima de ese Edén era tan benigno que en todo el tiempo que permaneció allí no se molestó en volver a vestirse. Sólo llevaba un anillo con un zafiro y una pistola de calibre doce colgada del cuello con una cinta de satén rojo.

Latitud cero
Gianni Guadalupi, Antony Shugaar

3 comentarios:

Ar Lor dijo...

¿Dónde dices que está esa isla?

Gavilán dijo...

Ar Lor, no te vayas sin mí, ¿eh?

Ar Lor dijo...

Bueno, no soy celoso, si la baronesa está de acuerdo, puedes venir.