miércoles, 18 de julio de 2012

Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe

N. C. Wyeth. Robinson leyendo la Biblia.

Un náufrago, único que se salva, logra llegar a una isla desierta. Consigo sólo tiene tabaco y pipa. De los restos del naufragio recupera fatigosamente provisiones, ron, armas, municiones (cazará aves y cabras), un hacha y una sierra (construirá un fortín), semillas de trigo (plantará y cosechará). Encuentra también dinero (¿"Para qué sirves"?, pero lo coge), papel, tinta y plumas: tres Biblias; perros y gatos. Se hace una mesa, una silla, se pone a escribir: un balance de su suerte en dos columnas, el mal y el bien que lo compensa, por lo que da gracias a Dios. Todo lo hace por sí solo: reinventa la agricultura; trabaja de alfarero; se viste con pieles. Tiene un loro, única voz amiga. Después de quince años de soledad (anhelando reencontrar a sus semejantes) un descubrimiento le aterroriza: ¡la huella de un pie en la arena! Hay tribus que suelen desembarcar para celebrar ritos caníbales. A tiros, salva una futura víctima. El salvaje Viernes, agradecido, se convierte en su siervo: obediente, trabaja la tierra; estudia el Evangelio. Otras víctimas liberadas después: el padre de Viernes y un blanco (pero español, es decir, enemigo : ¡otro peligro!).
Al fin desembarcan unos ingleses; llevan prisioneros atados (Viernes cree que también los blancos son caníbales): son marineros amotinados. Los oficiales, salvados, recuperan el barco: después de 28 años Robinson deja la isla.
 
Traducción de Héctor Abad (Revista Quimera)

Elogio del resumen
Italo Calvino