Marguerite Yourcenar, Londres, 1887, fotografiada por Carlos Freire.
Mañanas en la Villa Adriana;
innumerables noches pasadas en los cafés que bordean el Olimpión;
incesante ir y venir por los mares griegos; caminos de Asia Menor. Para
que pudiera utilizar esos recuerdos, que son míos, fue necesario que se
alejaran tanto de mí como el siglo II.
Hundimiento en la desesperación de un escritor que no escribe.
Tan sólo otra figura histórica me
ha tentado con una insistencia similar: Omar Khayam, poeta astrónomo.
Pero la vida de Khayam es la del contemplador, la del contemplador puro:
el mundo de la acción le fue ajeno por completo. Por lo demás, no
conozco Persia ni su lengua.
Deshacerse de las sombras que se
llevan con uno mismo, impedir que el vaho de un aliento empañe la
superficie del espejo; atender sólo a lo más duradero, a lo más esencial
que hay en nosotros, en las emociones de los sentidos o en las
operaciones del espíritu, como puntos de contacto con esos hombres que,
como nosotros, comieron aceitunas, bebieron vino, se embadurnaron los
dedos con miel, lucharon contra el viento despiadado y la lluvia
enceguecedora y buscaron en verano la sombra de un plátano y gozaron,
pensaron, envejecieron y murieron.
Esforzarse en lo mejor. Volver a
escribir. Retocar, siquiera imperceptiblemente alguna corrección. "Es a
mí mismo a quien corrijo -decía Yeats- al retocar mis obras".
Traducción de Marcelo Zapata
Traducción de Marcelo Zapata
Cuadernos de notas a las "Memorias de Adriano"
Marguerite Yourcenar
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