Andrés Trapiello. Foto de Cristóbal Manuel.
Todo viene de lejos.
El del humo de leña en la mañana de invierno, el de las primeras gotas de la tormenta veraniega, el de la última rosa: perfumes efusivos.
Es cosa probada que uno deja de tener enemigos cuando deja de temerlos.
Recuerdo que en el colegio, como castigo, nos hacían barrer las escaleras al revés, de abajo arriba. Había que hacerlo peldaño por peldaño. Se barría uno, se formaba un montoncito de basura, que se recogía y se pasaba al de más arriba, y así sucesivamente. Escaleras de treinta o cuarenta peldaños. Aún no sé si ello se debía a que aquellos benditos varones eran frailes o solo a que eran españoles. Quizá fuera una sabia combinación de ambas cosas. El castigo, lejos de irritarnos, nos producía una enorme gracia, porque no descubríamos en él una respuesta lógica a nuestra falta, sino solo la medida de la estupidez del que lo había impuesto, lo cual paradójicamente venía a afirmarnos en nuestro comportamiento y nos daba muchas más razones para infringir las leyes de conducta, que para acatarlas.
Las cosas más extrañas (1992)
Andrés Trapiello