lunes, 31 de mayo de 2021

Vuelo

Joseph Kouelka. Gaviota.

Por el aire de estío
La gaviota ascendiendo
Domina la extensión, el mar, el mundo
Bajo azul, bajo nubes
En vellones muy blancos,
Y suprema reinante,
Se cierne.

Todo el espacio es onda traspasada.

Plumajes blanquinegros
Detienen la ascensión,
De pronto resbalando sobre el aire,
Sobre la luz vastísima.

Sostiene la blancura del vacío.

Y, suspensas, las alas se abandonan
A claridad, a fondo trasparente
Por donde el vuelo, sin acción las alas,
Subsiste,
Se entrega a su placer, a su caer,
Se sume en su pasar,
Puro instante de vida.

Clamor. Tiempo de historia
Jorge Guillén (1893-1984) 

Vuelo

Joseph Kouelka. Gaviota.

Por el aire de estío
La gaviota ascendiendo
Domina la extensión, el mar, el mundo
Bajo azul, bajo nubes
En vellones muy blancos,
Y suprema reinante,
Se cierne.

Todo el espacio es onda traspasada.

Plumajes blanquinegros
Detienen la ascensión,
De pronto resbalando sobre el aire,
Sobre la luz vastísima.

Sostiene la blancura del vacío.

Y, suspensas, las alas se abandonan
A claridad, a fondo trasparente
Por donde el vuelo, sin acción las alas,
Subsiste,
Se entrega a su placer, a su caer,
Se sume en su pasar,
Puro instante de vida.

Clamor. Tiempo de historia
Jorge Guillén (1893-1984) 

viernes, 28 de mayo de 2021

Notas

Fernando Botero. Bodegón con libros.

Cuando somos jóvenes aspiramos ansiosamente a que la moral y la historia ratifiquen nuestras ideas; más tarde aspiramos solamente a que no las refuten.

El que no sabe expresarse no solamente es ignorado del mundo, sino también a sí mismo oscuro.

Las palabras limpian el espíritu de su confusión y de su niebla.

Aspirar a lo más alto es la ambición que más seguramente impide toda empresa.

No sé concebir una filosofía que no tenga por base la noción de individuo. 
Pero no es tanto en la noción vulgar de individuo que pienso, suma de realidades sociales o concepto taxonómico, como en el individuo centro de fuerzas autónomas, realidad creadora y rica en densas penumbras.

La mediocridad no consiste en aceptar el lugar común como punto de llegada, sino en tomarlo como punto de partida. No es mediocre el que desemboca allí por sus propios caminos, sino el que se instala allí, vive allí y allí mora. 

No debemos admitir que lo que dura un día desprecie lo que dura un instante.
Carentes de una escala para medir la absoluta importancia de las cosas, declaremos que todo lo que procure belleza, o solamente interés, a la existencia es digno, si no de nuestro respeto, por lo menos de nuestro agradecimiento.

Todo objeto encierra insospechados esplendores. En todos duerme un dios que nuestro amor despierta.

Notas (1954)
Nicolás Gómez Dávila 

Notas

Fernando Botero. Bodegón con libros.

Cuando somos jóvenes aspiramos ansiosamente a que la moral y la historia ratifiquen nuestras ideas; más tarde aspiramos solamente a que no las refuten.

El que no sabe expresarse no solamente es ignorado del mundo, sino también a sí mismo oscuro.

Las palabras limpian el espíritu de su confusión y de su niebla.

Aspirar a lo más alto es la ambición que más seguramente impide toda empresa.

No sé concebir una filosofía que no tenga por base la noción de individuo. 
Pero no es tanto en la noción vulgar de individuo que pienso, suma de realidades sociales o concepto taxonómico, como en el individuo centro de fuerzas autónomas, realidad creadora y rica en densas penumbras.

La mediocridad no consiste en aceptar el lugar común como punto de llegada, sino en tomarlo como punto de partida. No es mediocre el que desemboca allí por sus propios caminos, sino el que se instala allí, vive allí y allí mora. 

No debemos admitir que lo que dura un día desprecie lo que dura un instante.
Carentes de una escala para medir la absoluta importancia de las cosas, declaremos que todo lo que procure belleza, o solamente interés, a la existencia es digno, si no de nuestro respeto, por lo menos de nuestro agradecimiento.

Todo objeto encierra insospechados esplendores. En todos duerme un dios que nuestro amor despierta.

Notas (1954)
Nicolás Gómez Dávila 

lunes, 24 de mayo de 2021

Filosofía del viaje

Alexei Butirskiy. Ensueño de los viajeros.

El último tipo de viajero, y el más notorio, es el turista. Lo he sido a menudo, y por ello no le arrojaré piedras. Desde el excursionista en vacaciones hasta el peregrino sediento de hechos o bellezas, todos los turistas son bien amados de Hermes, el dios de los viajes, que es también patrón de la curiosidad amable y de la mente abierta. Es sabio trasladarse lo más frecuentemente posible desde lo acostumbrado a lo extraño: conserva ágil la mente, destruye los prejuicios y fomenta la jocundia. No creo que la frivolidad, la disipación de la mente y el disgusto por el propio lugar de nacimiento, o la imitación de los modales y las artes extranjeros sean enfermedades graves: matan, pero no matan a nadie que merezca la salvación. Quizá haya algunas veces en ellos como un suspiro de añoranza de lo imposible, un como homenaje a un ideal que está uno condenado a no alcanzar; pero por lo general no nacen de una excesiva familiaridad con cosas extranjeras, sino de escasez de ella; lo último que desea un hombre que verdaderamente aprecia el sabor de algo y comprende su raigambre es generalizarlo o transplantarlo; y cuantas más costumbres y artes haya asimilado el viajero, más profundidad y deleite hallará en las costumbres y las artes de su propia tierra. Ulises recordaba Ítaca. Hubiera admitido de buen talante y con mente clara que ni la grandeza de Troya, ni el encanto de Focea, ni la delicia de Calipso, tenían rival; más eso no podría hacer menos deleitoso para sus oídos el ruido de las olas rompiendo sobre las costas de su tierra natal. Sólo pudiera aumentar la sabiduría y la premura de su preferencia de lo que era naturalmente suyo. El corazón humano es local y finito y tiene raíces: y si la inteligencia irradia de él, según su vigor, a distancias mayores y mayores, lo aprendido, de ser conservado, ha de ir a parar a ese centro. Un hombre conocedor del mundo no puede desearlo; y si no estuviese satisfecho de lo que de él le ha correspondido (que, después de todo, incluye ese conocimiento salvador), poco respecto mostraría por todas esas perfecciones extranjeras que dice admirar. Todas son locales, todas finitas, y ninguna puede ser sino lo que le acontece ser; y si tal limitación y semejante arbitrariedad fueren allí bellas, el viajero no tendrá sino que buscar en lo hondo el principio de su propia vida, y eliminar toda confusión y toda indecisión para conseguir que logre asimismo una expresión perfecta a su manera: y entonces los viajeros sabios también vendrán a su ciudad y ensalzarán su nombre.

Este artículo apareció publicado en España en Revista de Occidente año II 2ªep: 21, Diciembre 1964

Filosofía del viaje
George Santayana (1863-1952)

Filosofía del viaje

Alexei Butirskiy. Ensueño de los viajeros.

El último tipo de viajero, y el más notorio, es el turista. Lo he sido a menudo, y por ello no le arrojaré piedras. Desde el excursionista en vacaciones hasta el peregrino sediento de hechos o bellezas, todos los turistas son bien amados de Hermes, el dios de los viajes, que es también patrón de la curiosidad amable y de la mente abierta. Es sabio trasladarse lo más frecuentemente posible desde lo acostumbrado a lo extraño: conserva ágil la mente, destruye los prejuicios y fomenta la jocundia. No creo que la frivolidad, la disipación de la mente y el disgusto por el propio lugar de nacimiento, o la imitación de los modales y las artes extranjeros sean enfermedades graves: matan, pero no matan a nadie que merezca la salvación. Quizá haya algunas veces en ellos como un suspiro de añoranza de lo imposible, un como homenaje a un ideal que está uno condenado a no alcanzar; pero por lo general no nacen de una excesiva familiaridad con cosas extranjeras, sino de escasez de ella; lo último que desea un hombre que verdaderamente aprecia el sabor de algo y comprende su raigambre es generalizarlo o transplantarlo; y cuantas más costumbres y artes haya asimilado el viajero, más profundidad y deleite hallará en las costumbres y las artes de su propia tierra. Ulises recordaba Ítaca. Hubiera admitido de buen talante y con mente clara que ni la grandeza de Troya, ni el encanto de Focea, ni la delicia de Calipso, tenían rival; más eso no podría hacer menos deleitoso para sus oídos el ruido de las olas rompiendo sobre las costas de su tierra natal. Sólo pudiera aumentar la sabiduría y la premura de su preferencia de lo que era naturalmente suyo. El corazón humano es local y finito y tiene raíces: y si la inteligencia irradia de él, según su vigor, a distancias mayores y mayores, lo aprendido, de ser conservado, ha de ir a parar a ese centro. Un hombre conocedor del mundo no puede desearlo; y si no estuviese satisfecho de lo que de él le ha correspondido (que, después de todo, incluye ese conocimiento salvador), poco respecto mostraría por todas esas perfecciones extranjeras que dice admirar. Todas son locales, todas finitas, y ninguna puede ser sino lo que le acontece ser; y si tal limitación y semejante arbitrariedad fueren allí bellas, el viajero no tendrá sino que buscar en lo hondo el principio de su propia vida, y eliminar toda confusión y toda indecisión para conseguir que logre asimismo una expresión perfecta a su manera: y entonces los viajeros sabios también vendrán a su ciudad y ensalzarán su nombre.

Este artículo apareció publicado en España en Revista de Occidente año II 2ªep: 21, Diciembre 1964

Filosofía del viaje
George Santayana (1863-1952)

miércoles, 19 de mayo de 2021

Cartas literarias a una mujer

Jean Baptiste Santerre. Muchacha leyendo una carta.

II

Si hemos de dar crédito a los que de ella participan, es una verdad tan innegable que se puede elevar a la categoría de axioma el que nunca se vierte la idea con tanta vida y precisión como en el momento que ésta se levanta semejante a un gas desprendido y enardece la fantasía y hace vibrar todas las fibras sensibles cual si las tocase una chispa eléctrica.
Yo no niego que suceda así. Yo no niego nada, pero por lo que a mí toca, puedo asegurarte que cuando siento no escribo. Guardo, sí, en mi cerebro, escritas como en un libro misterioso las impresiones que han dejado en él su huella al pasar; estas ligeras y ardientes hijas de la sensación duermen allí agrupadas en el fondo de mi memoria hasta el instante en que, puro, tranquilo, sereno, y revestido, por decirlo así, de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tienden sus alas trasparentes que bullen con un zumbido extraño, y cruzan otra vez a mis ojos como en una visión luminosa y magnífica.
Entonces no siento ya con los nervios que se agitan, con el pecho que se oprime, con la parte orgánica y material que se conmueve al rudo choque de las sensaciones producidas por la pasión y los afectos; siento, sí, pero de una manera que puede llamarse artificial; escribo como el que copia de una página ya escrita: dibujo como el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma de los horizontes.
Todo el mundo siente.
Sólo a algunos seres les es dado el guardar; como un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido.
Yo creo que éstos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son.

Cartas literarias a una mujer (1860-1861)
Gustavo Adolfo Bécquer 

Cartas literarias a una mujer

Jean Baptiste Santerre. Muchacha leyendo una carta.

II

Si hemos de dar crédito a los que de ella participan, es una verdad tan innegable que se puede elevar a la categoría de axioma el que nunca se vierte la idea con tanta vida y precisión como en el momento que ésta se levanta semejante a un gas desprendido y enardece la fantasía y hace vibrar todas las fibras sensibles cual si las tocase una chispa eléctrica.
Yo no niego que suceda así. Yo no niego nada, pero por lo que a mí toca, puedo asegurarte que cuando siento no escribo. Guardo, sí, en mi cerebro, escritas como en un libro misterioso las impresiones que han dejado en él su huella al pasar; estas ligeras y ardientes hijas de la sensación duermen allí agrupadas en el fondo de mi memoria hasta el instante en que, puro, tranquilo, sereno, y revestido, por decirlo así, de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tienden sus alas trasparentes que bullen con un zumbido extraño, y cruzan otra vez a mis ojos como en una visión luminosa y magnífica.
Entonces no siento ya con los nervios que se agitan, con el pecho que se oprime, con la parte orgánica y material que se conmueve al rudo choque de las sensaciones producidas por la pasión y los afectos; siento, sí, pero de una manera que puede llamarse artificial; escribo como el que copia de una página ya escrita: dibujo como el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma de los horizontes.
Todo el mundo siente.
Sólo a algunos seres les es dado el guardar; como un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido.
Yo creo que éstos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son.

Cartas literarias a una mujer (1860-1861)
Gustavo Adolfo Bécquer 

martes, 18 de mayo de 2021

Divagación ante la Esfinge

Elihu Vedder. La Esfinge.

Y he aquí que, igual que tantos otros viajeros desde hace miles de años, nos encontramos al pie de la Esfinge. Hombres de todos los climas y latitudes: nubios y caldeos, persas y abisinios, cartagineses y romanos, griegos e israelitas, hicsos e hititas, las falanges de Alejandro y las legiones de César, los batallones de Napoleón y los camelleros de la reina Zenobia, sabios y artistas, guerreros y mercaderes, príncipes y plebeyos, han venido a este Valle de las Gacelas para contemplar la Esfinge.

El Egipto de los Faraones (1955)
Juan Marín 

Divagación ante la Esfinge

Elihu Vedder. La Esfinge.

Y he aquí que, igual que tantos otros viajeros desde hace miles de años, nos encontramos al pie de la Esfinge. Hombres de todos los climas y latitudes: nubios y caldeos, persas y abisinios, cartagineses y romanos, griegos e israelitas, hicsos e hititas, las falanges de Alejandro y las legiones de César, los batallones de Napoleón y los camelleros de la reina Zenobia, sabios y artistas, guerreros y mercaderes, príncipes y plebeyos, han venido a este Valle de las Gacelas para contemplar la Esfinge.

El Egipto de los Faraones (1955)
Juan Marín 

El combate II

François Miville-Deschênes. Combate.

En el sueño
quise preguntarle
a la bella gladiadora
cuál era el sentido del combate
porqué la lucha
cuál era el trofeo.

Sonrió y me dijo:
Se lucha
sólo
porque se vive.

Inmovilidad de los barcos (1997)
Cristina Peri Rossi 

El combate II

François Miville-Deschênes. Combate.

En el sueño
quise preguntarle
a la bella gladiadora
cuál era el sentido del combate
porqué la lucha
cuál era el trofeo.

Sonrió y me dijo:
Se lucha
sólo
porque se vive.

Inmovilidad de los barcos (1997)
Cristina Peri Rossi 

lunes, 17 de mayo de 2021

Vamos a tomar el tren

Francisco Valdivia León. Muchacha esperando al tren.

«Deja ya de mirar la arquitectura»
del barrio Blanco, piedra y ciprés,
deja el ladrillo, el humo, los semáforos.
           Vamos a tomar el tren.

Dejemos la ciudad, sus calles locas,
sus muchedumbres de árida piel,
dejemos los periódicos usados.
          Vamos a tomar el tren.

La vía directamente al campo:
cimas azules, flores de papel,
aldeas con un triste campanario.
         Vamos a tomar el tren.

Seguiremos el río suavemente,
cruzaremos un puente de través,
atravesando campos de violeta.
        Vamos a tomar el tren.

llegaremos al filo de la noche,
la estación terminal tiene un andén
alegre y bullicioso y reluciente.
       Vamos a tomar el tren.

Hojas de Madrid
Blas de Otero (1916-1979) 

Vamos a tomar el tren

Francisco Valdivia León. Muchacha esperando al tren.

«Deja ya de mirar la arquitectura»
del barrio Blanco, piedra y ciprés,
deja el ladrillo, el humo, los semáforos.
           Vamos a tomar el tren.

Dejemos la ciudad, sus calles locas,
sus muchedumbres de árida piel,
dejemos los periódicos usados.
          Vamos a tomar el tren.

La vía directamente al campo:
cimas azules, flores de papel,
aldeas con un triste campanario.
         Vamos a tomar el tren.

Seguiremos el río suavemente,
cruzaremos un puente de través,
atravesando campos de violeta.
        Vamos a tomar el tren.

llegaremos al filo de la noche,
la estación terminal tiene un andén
alegre y bullicioso y reluciente.
       Vamos a tomar el tren.

Hojas de Madrid
Blas de Otero (1916-1979) 

miércoles, 12 de mayo de 2021

Travesía peligrosa

Ricardo Sanz. En el café.

Iré más allá:
más allá de América
y más allá de la acera de enfrente.
Más allá del mar
y más allá de los libros.
Más allá de mi propio corazón
y más allá de la música.
Iré más allá de las estrellas
y más allá de las lágrimas.
Más allá de la sabiduría
y más allá de la inocencia.
Más allá de la fe
y más allá del amor.
Y cuando el más allá se convierta en el acá cercano,
regresaré,
y como en los buenos tiempos
haré la peligrosa travesía
de tomar una taza de café.

Los trescientos escalones (1973-1976)
Francisca Aguirre 

Travesía peligrosa

Ricardo Sanz. En el café.

Iré más allá:
más allá de América
y más allá de la acera de enfrente.
Más allá del mar
y más allá de los libros.
Más allá de mi propio corazón
y más allá de la música.
Iré más allá de las estrellas
y más allá de las lágrimas.
Más allá de la sabiduría
y más allá de la inocencia.
Más allá de la fe
y más allá del amor.
Y cuando el más allá se convierta en el acá cercano,
regresaré,
y como en los buenos tiempos
haré la peligrosa travesía
de tomar una taza de café.

Los trescientos escalones (1973-1976)
Francisca Aguirre 

Maleta

Eduardo Úrculo. El viajero, 1992.

Cracovia nublada por la mañana, las colinas humeaban.
En Múnich llovía, los Alpes, invisibles
y pesados, descansaban en los valles como piedras.

Hasta Atenas no vimos el sol que
provocó que el aire, todo el aire,
toda una inmensa flota de aire
se transformara en oro tembloroso.

Como dicen los escritores religiosos: de repente
me convertí en otra persona.

Soy tan sólo un turista en el mundo visible,
una de entre esas miles de sombras que
deambulan por las salas inmensas de los aeropuertos,

y detrás de mí como un perro fiel con sus pequeñas ruedas
tengo a mi maleta verde.

Soy tan sólo un turista distraído,
pero amo la luz.

Traducción de Xavier Farré

Asimetría
Adam Zagajewski 

Maleta

Eduardo Úrculo. El viajero, 1992.

Cracovia nublada por la mañana, las colinas humeaban.
En Múnich llovía, los Alpes, invisibles
y pesados, descansaban en los valles como piedras.

Hasta Atenas no vimos el sol que
provocó que el aire, todo el aire,
toda una inmensa flota de aire
se transformara en oro tembloroso.

Como dicen los escritores religiosos: de repente
me convertí en otra persona.

Soy tan sólo un turista en el mundo visible,
una de entre esas miles de sombras que
deambulan por las salas inmensas de los aeropuertos,

y detrás de mí como un perro fiel con sus pequeñas ruedas
tengo a mi maleta verde.

Soy tan sólo un turista distraído,
pero amo la luz.

Traducción de Xavier Farré

Asimetría
Adam Zagajewski 

sábado, 8 de mayo de 2021

Dos imágenes en un estanque

Giovanni Papini. El espejo que huye.

Comenzó entonces para mí uno de los períodos más singulares de mi vida, esta vida mía tan diferente ya de la de otros hombres. Viví conmigo mismo —con mi yo transcurrido— algunos días de imprevista alegría. Mis dos yo caminaban por las calles mal empedradas, en medio del silencio que reinaba desde hacía tanto tiempo en la pequeña capital —¡un silencio que databa del siglo decimoctavo!—, y conversaban incesantemente tratando de recordar las cosas que vieron, los hombres que conocieron, los sentimientos que los agitaron, los sueños que dejaron un amargo sabor en sus espíritus. Las dos almas —la antigua y la nueva— buscaron juntas la universalidad, silenciosa y sepulcral como un monasterio montañés —recorrieron el jardín a la francesa, detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y ennegrecidas, no concedían más de una mirada a las alamedas infinitas— y se aventuraron hasta el Liliensee, una charca mal excavada que por decreto de los viejos príncipes había llegado a obtener el nombre de lago. ¡No puedo recordar aquellos días de paseos y de confidencias sin que desfallezca por un instante mi corazón! Pero luego de las primeras horas de efusión, después de los primeros días de evocaciones, comencé a sentir un tedio inenarrable al escuchar a mi compañero.  Ciertas ingenuidades, ciertas brutalidades, ciertos modos grotescos que continuamente exhibía, me desagradaban. Me percaté, además, al hablar extensamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ya muertas, de entusiasmos provincianos hacia cosas y seres que yo ni siquiera recordaba. Confiaba en ciertas palabras, se conmovía con ciertos versos, se exaltaba ante ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban muecas o sonrisas. Su cabeza estaba llena todavía de ese romanticismo genérico, desproporcionado, hecho de cabelleras desmelenadas, de montañas malditas, de bosques tenebrosos, de tempestades y de batallas con redoblar de truenos y tambores, y su corazón se deshacía en aquel pathos germánico (flores azules, luna entre nubes, tumbas de castas novias, cabalgatas nocturnas, etcétera), del cual vivían los esmirriados petrimetres melancólicos y las señoritas rubias un poco obesas.
Su ingenuo orgullo, su inexperiencia del mundo, su ignorancia profunda de los secretos de la vida, que al principio me divertían, terminaron por cansarme, por suscitar en mí una especie de compasión despreciativa que poco a poco llegó a la repugnancia.
Durante algunos días aún supe resistir mi deseo de insultarlo o de huir, pero una mañana, luego de que hubo declamado con gran énfasis un lied estúpidamente conmovedor, sentí que mi desprecio iba transformándose en odio.
"Y sin embargo —pensé—, yo mismo he sido en otra época este hombre del que me burlo, este joven ridículo e ignorante. Él es todavía, de alguna manera, yo mismo. Durante estos largos años yo he vivido, he visto, he adivinado, he pensado y él ha permanecido aquí, en soledad, intacto, perfectamente igual a ese que era yo el día en que dejé estos lugares. Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado; y sin embargo en ese tiempo yo creía, más que hoy todavía, ser el hombre superior, el ser alto y noble, el sabio universal, el genio expectante. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi yo pasado, mi pequeño yo de niño ignorante y sin refinamiento todavía. Ahora desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos menospreciadores y menospreciados han tenido el mismo nombre, han habitado el mismo cuerpo, se presentaron ante los hombres como un solo ser vivo. Después de mi yo presente, se formará otro que juzgará a mi alma de hoy tal como yo juzgo hoy a la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí si yo no la tengo para mí mismo?"
(fragmento)
Traducción de Horacio Armani

El espejo que huye y otros cuentos
Giovanni Papini (1881-1956)

Dos imágenes en un estanque

Giovanni Papini. El espejo que huye.

Comenzó entonces para mí uno de los períodos más singulares de mi vida, esta vida mía tan diferente ya de la de otros hombres. Viví conmigo mismo —con mi yo transcurrido— algunos días de imprevista alegría. Mis dos yo caminaban por las calles mal empedradas, en medio del silencio que reinaba desde hacía tanto tiempo en la pequeña capital —¡un silencio que databa del siglo decimoctavo!—, y conversaban incesantemente tratando de recordar las cosas que vieron, los hombres que conocieron, los sentimientos que los agitaron, los sueños que dejaron un amargo sabor en sus espíritus. Las dos almas —la antigua y la nueva— buscaron juntas la universalidad, silenciosa y sepulcral como un monasterio montañés —recorrieron el jardín a la francesa, detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y ennegrecidas, no concedían más de una mirada a las alamedas infinitas— y se aventuraron hasta el Liliensee, una charca mal excavada que por decreto de los viejos príncipes había llegado a obtener el nombre de lago. ¡No puedo recordar aquellos días de paseos y de confidencias sin que desfallezca por un instante mi corazón! Pero luego de las primeras horas de efusión, después de los primeros días de evocaciones, comencé a sentir un tedio inenarrable al escuchar a mi compañero.  Ciertas ingenuidades, ciertas brutalidades, ciertos modos grotescos que continuamente exhibía, me desagradaban. Me percaté, además, al hablar extensamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ya muertas, de entusiasmos provincianos hacia cosas y seres que yo ni siquiera recordaba. Confiaba en ciertas palabras, se conmovía con ciertos versos, se exaltaba ante ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban muecas o sonrisas. Su cabeza estaba llena todavía de ese romanticismo genérico, desproporcionado, hecho de cabelleras desmelenadas, de montañas malditas, de bosques tenebrosos, de tempestades y de batallas con redoblar de truenos y tambores, y su corazón se deshacía en aquel pathos germánico (flores azules, luna entre nubes, tumbas de castas novias, cabalgatas nocturnas, etcétera), del cual vivían los esmirriados petrimetres melancólicos y las señoritas rubias un poco obesas.
Su ingenuo orgullo, su inexperiencia del mundo, su ignorancia profunda de los secretos de la vida, que al principio me divertían, terminaron por cansarme, por suscitar en mí una especie de compasión despreciativa que poco a poco llegó a la repugnancia.
Durante algunos días aún supe resistir mi deseo de insultarlo o de huir, pero una mañana, luego de que hubo declamado con gran énfasis un lied estúpidamente conmovedor, sentí que mi desprecio iba transformándose en odio.
"Y sin embargo —pensé—, yo mismo he sido en otra época este hombre del que me burlo, este joven ridículo e ignorante. Él es todavía, de alguna manera, yo mismo. Durante estos largos años yo he vivido, he visto, he adivinado, he pensado y él ha permanecido aquí, en soledad, intacto, perfectamente igual a ese que era yo el día en que dejé estos lugares. Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado; y sin embargo en ese tiempo yo creía, más que hoy todavía, ser el hombre superior, el ser alto y noble, el sabio universal, el genio expectante. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi yo pasado, mi pequeño yo de niño ignorante y sin refinamiento todavía. Ahora desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos menospreciadores y menospreciados han tenido el mismo nombre, han habitado el mismo cuerpo, se presentaron ante los hombres como un solo ser vivo. Después de mi yo presente, se formará otro que juzgará a mi alma de hoy tal como yo juzgo hoy a la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí si yo no la tengo para mí mismo?"
(fragmento)
Traducción de Horacio Armani

El espejo que huye y otros cuentos
Giovanni Papini (1881-1956)

miércoles, 5 de mayo de 2021

Viajero en el desierto

Manuel Jurado. Viajero en el desierto.

Ante el templo romano de Saydnaya

La soledad, a veces, consuela del bullicio,
          atempera el ánimo. El silencio es
          el descanso del griterío, y la oración
          callada es el bálsamo que cicatriza
          la herida de los cantos corales.
De tanto hablar con palabras prestadas
          se ha secado en el hombre su corazón
          primitivo.
Es tiempo de repintar calmosamente las paredes
          del alma, colocar los iconos santorales
          en orden de jerarquía, mudar el agua
          de las rosas aún frescas, avivar el fuego
          de las lámparas y sentarse en el patio,
          bajo las estrellas, a contarse a uno mismo
          la historia que no ha vivido todavía.


Fiesta en el estanque

Arrojaban los cónsules doncellas al estanque
y con redes de oro las sacaban.
Nenúfares flotantes parecían,
anémonas o pétalos de oriente.
Los cónsules festejaban la gloria
de la Legión Trajana,
el anuncio de paz
a la ciudad de Bosra.
                                      En la Puerta del Viento
alzaron estandartes y derramaron
                                                              vino
desde los capiteles.
                                    Mas la plebe,
                                                             borracha,
esperaba el momento de las revoluciones.

Viajero en el desierto (1993)
Manuel Jurado 

Viajero en el desierto

Manuel Jurado. Viajero en el desierto.

Ante el templo romano de Saydnaya

La soledad, a veces, consuela del bullicio,
          atempera el ánimo. El silencio es
          el descanso del griterío, y la oración
          callada es el bálsamo que cicatriza
          la herida de los cantos corales.
De tanto hablar con palabras prestadas
          se ha secado en el hombre su corazón
          primitivo.
Es tiempo de repintar calmosamente las paredes
          del alma, colocar los iconos santorales
          en orden de jerarquía, mudar el agua
          de las rosas aún frescas, avivar el fuego
          de las lámparas y sentarse en el patio,
          bajo las estrellas, a contarse a uno mismo
          la historia que no ha vivido todavía.


Fiesta en el estanque

Arrojaban los cónsules doncellas al estanque
y con redes de oro las sacaban.
Nenúfares flotantes parecían,
anémonas o pétalos de oriente.
Los cónsules festejaban la gloria
de la Legión Trajana,
el anuncio de paz
a la ciudad de Bosra.
                                      En la Puerta del Viento
alzaron estandartes y derramaron
                                                              vino
desde los capiteles.
                                    Mas la plebe,
                                                             borracha,
esperaba el momento de las revoluciones.

Viajero en el desierto (1993)
Manuel Jurado 

martes, 4 de mayo de 2021

Los principios de an-arquía pura y aplicada


 Paul Valéry. Foto: Studio Harcourt, 1938. 

Libertad

Hay cosas que no son verdaderas a todas horas, que son difícilmente verdaderas cuando el hombre está solo y se despierta en mitad de la noche; que se vuelven verdaderas delante de los otros, y más que verdaderas cuando los otros son una muchedumbre. Raros son los que se mantienen en las mismas verdades a todas horas y ante quienquiera que sea.
Son ese tipo de cuerpos que no entran en combinación.


Toda la enseñanza francesa está dominada por la idea oculta de que a tal edad, obtenido tal resultado escolar, el sujeto ya no tiene nada que desear en materia de conocimiento. Ya no tiene nada que aprender — salvo por lujo. Esto es lo que inculca el diploma. Carrera y progreso del espíritu — curiosidad suprimida.

Traducción de Félix de Azúa

Los principios de an-arquía pura y aplicada (1938)
Paul Valéry

Los principios de an-arquía pura y aplicada


 Paul Valéry. Foto: Studio Harcourt, 1938. 

Libertad

Hay cosas que no son verdaderas a todas horas, que son difícilmente verdaderas cuando el hombre está solo y se despierta en mitad de la noche; que se vuelven verdaderas delante de los otros, y más que verdaderas cuando los otros son una muchedumbre. Raros son los que se mantienen en las mismas verdades a todas horas y ante quienquiera que sea.
Son ese tipo de cuerpos que no entran en combinación.


Toda la enseñanza francesa está dominada por la idea oculta de que a tal edad, obtenido tal resultado escolar, el sujeto ya no tiene nada que desear en materia de conocimiento. Ya no tiene nada que aprender — salvo por lujo. Esto es lo que inculca el diploma. Carrera y progreso del espíritu — curiosidad suprimida.

Traducción de Félix de Azúa

Los principios de an-arquía pura y aplicada (1938)
Paul Valéry