viernes, 17 de noviembre de 2017

Tallar el aire

Jesús Ferrero. Negro sol.

La figura más precisa
debe ser al mismo tiempo
la que más niebla cobija
en sus pulidos miembros.

Por eso tallar el aire
es un arte tan difícil
(los poetas ya lo saben).

Yo me dedico a tallarlo.
El delito no es grave
(decían los viejos bardos)
si al hacerlo se consiguen
aves vivas y capaces
de vuelo sereno y alto.

Los versos no tienen ley
por más que ajusten su ritmo
a los rigores del tiempo.
Los versos no tienen amo.

Pájaros bien limitados
pero de vuelo agilísimo,
poemas como milanos.

Por eso no ha de olvidarse
lo que ya dije al principio,
que la imagen más precisa
es la que más aire alberga

en sus alas extendidas.

Negro sol (1987)
Jesús Ferrero

martes, 14 de noviembre de 2017

Acerca de la escritura poética

Ada Salas. Ilustración de la Universidad de Almería.

La escritura es un estado permanente de carencia. Su lugar es el hueco. El poeta no enuncia: llama, convoca. Desanda el camino de la elipsis diaria. Busca, en la palabra, la faz de lo real que lo real elude. No huye de la realidad, intenta completarla, acrecentarla. No transmuta, desvela. Su mirada no es parcial, sino totalizadora. Son fragmentos los poemas, sí: esas piezas que faltan en el puzzle ilusorio de nuestra existencia.
El tiempo del poema no es nunca el presente. Ni, en realidad, el pasado o el futuro. El tiempo del poema es el no-tiempo, porque es el de la memoria inmemorial del hombre, el tiempo esencial, común, universal. Por eso es, a la vez, el tiempo del recuerdo y el de la profecía, en el que todo lector, de cualquier época, puede situarse. Se equivoca el poeta que cree, al escribir, estar dando cuenta de su presente. Necesita, quizá, creerse ese espejismo para que su labor adquiera ante sus ojos cierta consistencia. Pero, en realidad, la labor poética es mucho más vertiginosa: se escribe en el vacío, en el caos. La fuente de la escritura es anterior -y exterior- a todo y a todos. Su materia sería 'el agua' de Tales o el 'aire' de Anaxímenes. Más que palabra en el tiempo, el poema es palabra fuera del tiempo, al margen. Desde su orilla, la poesía ve pasar el río de los hombres y, reflejándose en cada uno de ellos, su esencia es, a la vez, cambiante e inmutable.

Acerca de la escritura poética
Ada Salas

sábado, 11 de noviembre de 2017

El peón de ajedrez

Tony Luciani. Ajedrez.

Me gusta mirar a la gente cuando juega al ajedrez.
Mis ojos siguen esos peones
que poco a poco encuentran su camino
hasta alcanzar la última línea.
Ese peón avanza con tal soltura
que te hace pensar que llegando a esa línea
en ella comenzarán sus alegrías y su recompensa.
Encuentra muchos obstáculos en su camino.
Los poderosos lanzan sus armas contra él.
Los castillos le acometen con sus
altas almenas; dentro de sus campos
veloces jinetes pretenden con astucia
impedir su avance,
y por todos lados, desde el campo enemigo
la amenaza avanza contra él.

Mas sale indemne de todos los peligros
y alcanza triunfante la última línea.

Con qué aires de victoria la alcanza
en el momento exacto:
qué alegremente avanza hacia su propia muerte.

Porque al llegar a esa línea, el peón morirá,
todos sus afanes eran para esto.
Cae en el Hades del ajedrez,
y de su tumba resucita
la reina que nos salvará.
(Julio de 1894)
Traducción de José María Álvarez

Poesías completas
Konstantino Kavafis

Las ruinas

Caspar David Friedrich, Templo de Juno en Agrigento.

Lo arruinado lo está por el "transcurrir del tiempo". Pero ¿qué es ese algo arruinado? algo, ¿el qué? Algo que nunca fue enteramente visible; la ruina guarda la huella de algo que aun cuando el edificio estaba intacto no aparecía en su entera plenitud. Entre todas las ruinas la que más conmueve es la de un templo. Y es que el templo es, entre todo lo que el hombre ha edificado, aquello que más rebasa de su forma, por perfecta, por adecuada que sea. Todo templo, por grande que sea su belleza, tiene algo de intento frustrado, y cuando está en ruinas parece ser más perfecta, auténticamente un templo; parece responder entonces adecuadamente a su función. Un templo en ruinas es el templo perfecto y al par la ruina perfecta. Y aún más: toda ruina tiene algo de templo; es por lo pronto un lugar sagrado. Lugar sagrado porque encarna la ligazón inexorable de la vida con la muerte; el abatimiento de lo que el hombre orgullosamente ha edificado, vencido ya, y la supervivencia de aquello que no pudo alcanzar en la edificación: la realidad perenne de lo frustrado; la victoria del fracaso.
De toda ruina emana algo divino, algo divino que brota de la misma entraña de la vida humana; algo que nace del propio vivir humano cuando se despliega en toda su plenitud sin que haya venido a posarse como regalo concedido de lo alto; algo ganado por haber apurado la esperanza en su extremo límite y soportado su fracaso y aun su muerte: el algo que queda del todo que pasa.

El hombre y lo divino (1955)
María Zambrano

Escribir y callar

Nuria Amat. Escribir y callar.

La lengua es el aliento de la escritura. La cuna donde se mecen las palabras del mundo. El aire de la vida. Escribir es vestir con palabras el silencio del lenguaje. Abrigar los múltiples vacíos del pensamiento hueco. Y la lengua es la ropa del vestido. Sin lengua el lenguaje anda desnudo y entonces la escritura no existe. La lengua es la vida del estilo literario. Sin lengua no hay estilo. La lengua invita al nacimiento de la voz literaria. La resurrección del tono. Idioma es otra cosa. El idioma tiene que ver con el habla popular. La lengua, sin embargo, es rumor interno, ecos ocultos y necesarios que invocan la aparición de la escritura.

Escribir y callar (2010)
Nuria Amat 

jueves, 9 de noviembre de 2017

Las Gracias

Jean-Étienne Liotard. La Tres Gracias (1737).

Compañeras y amigas de Venus, la diosa de la hermosura le debían el encanto y el atractivo que aseguraba su triunfo. Los antiguos esperaban los más preciosos bienes de estas divinidades bienhechoras. Su poder se extendía a todas las delicias de la vida. Ellas dispensaban a los hombres no sólo la buena gracia, la igualdad de humor, la facilidad de los modales y todo cuanto derrama la felicidad en las sociedades, sino también la liberalidad, la elocuencia, la sabiduría. La más preciosa de todas sus prerrogativas era la de presidir a las buenas acciones y al reconocimiento. Crisipo nos ha transmitido la opinión de los antiguos sobre sus atributos, y nos ha revelado los misterios que ocultaban estos mismos atributos: «Se llamaron en su origen Carites, nombre derivado de una palabra griega que significa alegría, para indicarnos que, sin olvidar los placeres, debemos hacer beneficios y reconocer a los que nos los hacen. Eran jóvenes, para enseñarnos que la memoria de un beneficio no debe envejecer jamás: vivas y ligeras, para hacer conocer que es menester obligar con prontitud, y que un beneficio no debe hacerse esperar. Así los griegos acostumbraban decir que una gracia que viene lentamente, deja de serlo; lo que explicaban con un juego de palabras, frivolidad que no disgustaba a los griegos. Eran vírgenes, para dar a entender 1) que, al hacer el bien se deben tener intenciones puras, sin lo cual se corrompe el beneficio; 2) la inclinación al bien debe ir acompañada de prudencia y retención. Por esta segunda razón, viendo Sócrates un hombre que prodigaba los beneficios sin distinción a todos los que venían: ¡Los dioses te confundan! exclamó. Las gracias son vírgenes y tú las conviertes en cortesanas. Se tienen de las manos para indicar que por medio de los beneficios mutuos debemos estrechar los vínculos de nuestra unión recíproca. En fin, danzan en círculo para enseñarnos que debe haber una circulación de beneficios entre los hombres: y además, por medio del reconocimiento, el beneficio debe volver naturalmente al lugar de donde ha salido».

Traducción de Edicomunicación, S. A.

Diccionario de Mitología Universal
J. F. M. Noël

martes, 7 de noviembre de 2017

La Montaña Análoga

Dean Fidelman. Piedras desnudas.

Nota del encargado de la edición

Definiciones. —El alpinismo es el arte de recorrer las montañas enfrentándose a los mayores peligros con la mayor prudencia.
Aquí llamamos arte a poner en práctica un conocimiento mediante una acción.
No podemos permanecer siempre en las cumbres. Hay que descender... Entonces, ¿qué sentido tiene? Este: lo alto conoce a lo bajo; lo bajo no conoce a lo alto. Al subir retén todas las dificultades del camino; mientras estés subiendo puedes percibirlas. En la bajada ya no las notarás, pero sabrás que están allí si las has observado atentamente.
Hay un arte en la forma de dirigirse hacia las regiones bajas, a través del recuerdo de lo que se ha visto cuando se estaba más arriba. Cuando ya no podemos ver, por lo menos todavía podemos saber.
Mantén la mirada fija en el camino hacia la cima, pero no olvides mirar a tus pies. El último paso depende del primero. No creas haber llegado porque ves la cima. Vigila tus pies, asegura el paso siguiente, pero que eso no te distraiga del objetivo más elevado. El primer paso depende del último.

Traducción de Carmen Santos

La Montaña Análoga
René Daumal

lunes, 6 de noviembre de 2017

Las ensoñaciones del paseante solitario

Jean-Jacques Rousseau. Las ensoñaciones del paseante solitario.

Séptimo paseo

Estaba solo y me interné en las anfractuosidades de la montaña, y de bosque en bosque, de peñasco en peñasco, llegué a un reducto tan oculto que en mi vida había visto algo más salvaje. Negros abetos entremezclados a hayas prodigiosas, muchas de ellas caídas de vejez y entrelazadas unas a otras, cerraban aquel reducto con barreras impenetrables; algunos intervalos que dejaban aquel sombrío cerco sólo ofrecían más allá rocas cortadas a pico y horribles precipicios que sólo me atrevía a mirar acostado sobre el vientre. El búho, la lechuza y el quebrantahuesos hacían oír sus gritos en las hendiduras de la montaña, algunos pajarillos raros pero familiares templaban sin embargo el horror de aquella soledad. Allí encontré la dentaria hetaphyllos, el ciclamen, el nidus avis, el gran lacerpitium y algunas otras plantas que me encantaron y distrajeron largo tiempo. Pero dominado insensiblemente por la fuerte impresión de los objetos, olvidé la botánica y las plantas, me senté sobre almohadas de lycopodium y de musgos, y me puse a soñar a mis anchas pensando que allí estaba en un refugio ignorado por todo el universo, donde los perseguidores no ne descubrirían. Un movimiento de orgullo se mezcló enseguida a esta ensoñación. Me comparaba a esos grandes viajeros que descubren una isla desierta, y me decía con complacencia: soy sin duda el primer mortal que ha penetrado hasta aquí; me miraba casi como a otro Colón.

Traducción de Mauro Armiño

Las ensoñaciones del paseante solitario
Jean Jacques Rousseau

viernes, 3 de noviembre de 2017

Arabesco

Huang Zong Jiang. La Gran Muralla.

Allí, en medio de la niebla, enorme, mayestática, silenciosa y terrible, se alzaba la Gran Muralla. En aquella soledad, con la indiferencia de la misma naturaleza, escalaba la ladera de la montaña y descendía después hasta la profundidad del valle. Amenazadora, las sombrías torres rígidas y cuadradas se erguían a intervalos en sus puestos de guerra. Despiadada —porque fue construida a costa de un millón de vidas humanas y cada una de aquellas grandes piedras grises quedó manchada con las lágrimas y la sangre de los cautivos y de los parias— extendíase a través de un mar de escabrosas montañas. Sin miedo hacia su viaje interminables de kilómetros tras kilómetros hasta las más recónditas regiones de Asia, en completa soledad y misteriosa como el gran imperio que guardaba. Allí, en medio de la niebla, mayestática, silenciosa y terrible, se alzaba la Gran Muralla.

Traducción de José Romero de Tejada

En un biombo chino (1922)
William Somerset Maugham

martes, 31 de octubre de 2017

El Mono Gramático

Octavio Paz. El mono gramático.

1
Lo mejor será escoger el camino de Galta, recorrerlo de nuevo (inventarlo a medida que lo recorro) y sin darme cuenta, casi insensiblemente, ir hasta el fin — sin preocuparme por saber qué quiere decir « ir hasta el fin» ni qué es lo que yo he querido decir al escribir esa frase. Cuando caminaba por el sendero de Galta, ya lejos de la carretera, una vez pasado el paraje de los banianos y los charcos de agua podrida, traspuesto el Portal en ruinas, al penetrar en la plazuela rodeada de casas desmoronadas, precisamente al comenzar la caminata, tampoco sabía adónde iba ni me preocupaba saberlo. No me hacía preguntas: caminaba, nada más caminaba, sin rumbo fijo. Iba al encuentro... ¿de qué iba al encuentro? Entonces no lo sabía y no lo sé ahora. Tal vez por eso escribí «ir hasta el fin» : para saberlo, para saber qué hay detrás del fin. Una trampa verbal; después del fin no hay nada pues si algo hubiese el fin no sería fin. Y, no obstante, siempre caminamos al encuentro de..., aunque sepamos que nada ni nadie nos aguarda. Andamos sin dirección fija pero con un fin (¿cuál?) y para llegar al fin. Búsqueda del fin, terror ante el fin: el haz y el envés del mismo acto. Sin ese fin que nos elude constantemente ni caminaríamos ni habría caminos. Pero el fin es la refutación y la condenación del camino: al fin el camino se disuelve, el encuentro se disipa. Y el fin — también se disipa.
Volver a caminar, ir de nuevo al encuentro: el camino estrecho que sube y baja serpeando entre rocas renegridas y colinas adustas color camello; colgadas de las peñas, como si estuviesen a punto de desprenderse y caer sobre la cabeza del caminante, las casas blancas; el olor a pelambre trasudada y a excremento de vaca; el zumbar de la tarde; los gritos de los monos saltando entre las ramas de los árboles o corriendo por las azoteas o balanceándose en los barrotes de un balcón; en las alturas, los círculos de los pájaros y el humo azulenco de las cocinas; la luz casi rosada sobre las piedras; el sabor de sal en los labios resecos; el rumor de la tierra suelta al desmoronarse bajo los pies; el polvo que se pega a la piel empapada de sudor, enrojece los ojos y no deja respirar; las imágenes, los recuerdos, las figuraciones fragmentarias — todas esas sensaciones, visiones y semipensamientos que aparecen y desaparecen en el espacio de un parpadeo, mientras se camina al encuentro de... El camino también desaparece mientras lo pienso, mientras lo digo.

El Mono Gramático (1974)
Octavio Paz

viernes, 27 de octubre de 2017

El arte de tirar

Ricardo Renedo. Embalaje.

Si tiráis las cosas que son fáciles de eliminar, saborearéis la agradable sensación que se obtiene al hacerlo.

Los individuos contemporáneos solo sabemos, por lo general, qué significa aumentar la cantidad de cosas que poseemos. No solemos enfrentarnos al «reducir». De vez en cuando, limitamos un poco lo que tenemos, pero básicamente siempre poseemos algo. Para nosotros, esa es una condición que damos por sentada: por mucho que sea también la causa de nuestra confusión y por mucho que nos suponga un peso en el corazón, en realidad no nos damos cuenta. Si, por el contrario, intentamos reducir de forma considerable la cantidad de pertenencias, percibiremos claramente que nuestro pensamiento se vuelve más lúcido. A los distintos beneficios que obtendremos, se añadirá también el hecho de que seremos capaces de desarrollar casi cualquier atribución de una forma mucho más satisfactoria. 
Por eso, es ante todo necesario que os desembaracéis de aquellas cosas que resulta relativamente fácil tirar, sea lo que sea. Vuestra mente saboreará de inmediato una sensación nueva de «ligereza». Empezad, pues, a tirar las cosas de las que os parece más fácil desprenderos; luego ya procederéis a eliminar las que pertenecen a una categoría de dificultad superior, y así sucesivamente. Si al principio pensabais que nunca seríais capaces de tirar aquellos objetos, lo conseguiréis contra todo pronóstico, porque tras haber eliminado todo lo que pertenece al nivel más simple, descubriréis un placer tal al sentir que se os ha aligerado el corazón, que vuestra mente se ocupará activamente de liberarse de todo aquello que realmente no os sirve.

Traducción de Montse Triviño González

Felices sin un ferrari
Ryunosuke Koike 

Viaje

Ricardo Renedo. Llaves

Probablemente ya habrá cerrado los armarios de la biblioteca, las ventanas, subido a la buhardilla, acercándose al arca, la habrá abierto para hojear el álbum de fotografías, releer la carta, se habrá detenido en una línea, tengo miedo, miedo de que las mismas sábanas nos denuncien, después cerrado todo, habrá pasado por el jardín, comprobando con cierto espanto que la cara de las estatuas ha envejecido, a la entrada del patio se detendrá a mirar los abedules que ayudó a plantar, cerrará la cancela, tirando la llave en medio de las zarzas. Y habrá partido

Traducción de Ángel Crespo

Vertientes de la mirada y otros poemas en prosa
Eugénio de Andrade

jueves, 26 de octubre de 2017

Invasión de los bárbaros

Angus McBride. Guerrero vándalo.

Pasaron los reinos que fundaron
hombres que venían del mar.
Y los templos son polvo.
Reyes y sacerdotes,
vencedores y esclavos, y sus Dioses,
se confunden en el polvo.
Pasaron los grandes emperadores
que tuvieron en su mano el mundo,
pasaron sus triunfos y derrotas,
y su gloria. Como el viento sobre las aguas.
Y la ciudad olvidó.
Así pasarán éstos que ahora asolan
sus piedras, y pasarán sus hijos,
y nosotros que contra ellos
nos levantamos. Los mismos pájaros limpiarán todos los huesos.
Y la ciudad olvidará.

Museo de cera
José María Álvarez

domingo, 22 de octubre de 2017

Hacedor de estrellas

Olaf Stapledon. Hacedor de estrellas.

1
La Tierra

Me senté en las hierbas. Arriba, retrocedía la oscuridad. Y la liberada población del cielo asomaba estrella tras estrella.
Las sombrías colinas y el mar invisible se extendían alrededor hasta perderse de vista. Pero el halcón de la imaginación los seguía más allá del horizonte. Sentía que yo estaba en una mota de piedra y metal, envuelto en una delgada película de agua y aire, y que giraba a la sombra y a la luz del sol. Y en la superficie de esa mota enjambres de hombres, en generaciones sucesivas habían vivido en el trabajo y la ceguera, con intermitente alegría, e intermitente lucidez. Toda su historia, sus migraciones, sus imperios, sus filosofías, sus orgullosas ciencias, sus revoluciones sociales, su necesidad cada vez mayor de una vida en comunidad, eran sólo una chispa en un día de las estrellas.
¡Si uno pudiese saber, pensé, si en esa hueste centelleante había o no, aquí y allí, otros granos de roca y metal habitados por el espíritu, y si los titubeos del hombre en su persecución de la sabiduría y el amor eran sólo un estremecimiento insignificante o parte de un movimiento universal!

Traducción de Gregorio Lemos

Hacedor de estrellas (1937)
Olaf Stapledon

jueves, 19 de octubre de 2017

Los dos monjes

Guennadi Ulibin. Oleaje.

Viajaban dos monjes a pie hacia su aldea cuando, de repente, oyeron una voz que pedía socorro. Se dirigieron hacia el lugar de donde surgía la voz y vieron a una joven que se había caído al agua y corría el riesgo de ahogarse. Uno de los monjes, diligentemente, se echó al agua, tomó a la mujer entre sus brazos y la llevó a la arena. Se despidieron los monjes de la joven y continuaron su camino, en silencio. Pasadas unas horas, el monje que no había ayudado a la mujer, increpó a su compañero:
—Deberías ya saber que nuestra doctrina no nos permite aproximarnos a mujer alguna.
El monje que había auxiliado a la joven dijo:
—Yo cogí a esa joven en los brazos y la dejé en tierra firme. Tú, todavía, la llevas encima.

Comentario

La mente rumia, acarrea, transporta, se obsesiona, se enreda en su tela de araña, se desertiza en sus inútiles recuerdos, se consume en su desorden. Una mente así es reactiva y desagradable; le falta frescura, no se renueva, se angosta, está siempre en su ir y venir, se roba el brillo a sí misma y no deja lugar para la naturalidad, la vida sin artificios y la bendita espontaneidad. La mente se puede volver muy mezquina, dogmática, aferrada a estrechos puntos de vista, muy condicionada y torpe. Una mente así es una calamidad para uno mismo y para los demás, es una herramienta inútil o incluso peligrosa.

El arte de la armonía (2002)
Ramiro A. Calle

martes, 17 de octubre de 2017

La rosa profunda

Jorge Luis Borges. La rosa profunda.

Prólogo

La doctrina romántica de una Musa que inspira a los poetas fue la que profesaron los clásicos; la doctrina clásica del poema como una operación de la inteligencia fue enunciada por un romántico, Poe, hacia 1846. El hecho es paradójico. Fuera de unos casos aislados de inspiración onírica —el sueño del pastor que refiere Beda, el ilustre sueño de Coleridge—, es evidente que ambas doctrinas tienen su parte de verdad, salvo que corresponden a distintas etapas del proceso. (Por Musa debemos entender lo que los hebreos y Milton llamaron el Espíritu y lo que nuestra triste mitología llama lo Subconsciente). En lo que me concierne, el proceso es más o menos invariable. Empiezo por divisar una forma, una suerte de isla remota, que será después un relato o una poesía. Veo el fin y veo el principio, no lo que se halla entre los dos. Esto gradualmente me es revelado, cuando los astros o el azar me son propicios. Más de una vez tengo que desandar el camino por la zona de sombra. Trato de intervenir lo menos posible en la evolución de la obra. No quiero que la tuerzan mis opiniones, que, sin duda, son baladíes. Un escritor, admitió Kipling, puede concebir una fábula, pero no penetrar su moraleja. Debe ser leal a su imaginación, y no a la meras circunstancias efímeras de una supuesta "realidad". 
La literatura parte del verso y puede tardar siglos en discernir la posibilidad de la prosa. Al cabo de cuatrocientos años, los anglosajones dejaron una poesía no pocas veces admirable y una prosa apenas explícita. La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar.
Buenos Aires, junio de 1975

El suicida

No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
Del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
Los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.

Llueve

¿En qué ayer, en qué patios de Cartago,
Cae también esta lluvia?

La rosa profunda (1975)
Jorge Luis Borges

sábado, 14 de octubre de 2017

I Ching

Hermann Hesse. Mi credo.

Hay libros, libros de santidad y sabiduría, en cuya compañía y atmósfera se puede vivir durante años; libros que es imposible leer como se leen otros libros. Hay partes de la Biblia que pertenecen a esta categoría, y el Tao-te-King. Es suficiente una sola frase de estos libros para sentirse colmado, para ocuparse y reflexionar durante mucho tiempo. Estos libros se tienen al alcance de la mano o se llevan en el bolsillo cuando se va a pasear por el bosque, y nunca se leen durante media hora seguida, sino que cada vez se toma una sentencia, una línea, para meditar sobre ella, para conocer un poco más —después de las futilidades del día, incluidas las otras lecturas— la escala de valores de los grandes y los santos.
Considero una dicha haber encontrado un libro equiparable a estos dos. Evidentemente, como los otros, es un libro muy antiguo, se remonta a miles de años, pero hasta ahora no se había intentado traducirlo al alemán. Se titula I Ching, el libro de las transformaciones, y contiene la antigua sabiduría y magia de China. Se puede utilizar como libro de oráculos para hallar consejos en los momentos difíciles de la vida. Se puede utilizar y apreciarlo «sólo» a causa de su sabiduría. Hay en este libro, que nunca podré comprender más que intuitivamente y en momentos aislados, un sistema de símiles para todo el mundo, basado en ocho cualidades o imágenes; de ellas. las dos primeras son el cielo y la tierra, el padre y la madre, el fuerte y el dócil. Esas ocho cualidades son expresadas por sendos signos de gran sencillez, que se combinan entre sí y ofrecen sesenta y cuatro posibilidades, en las cuales se basa el oráculo. Se pregunta al oráculo y se obtiene más o menos esta respuesta: «Verdad interior: cerdos y peces, ¡Salvación! Es necesario cruzar el gran río. es preciso tener perseverancia». Entonces se puede meditar sobre ello; además, dispone de comentarios.
Este libro de las transformaciones está desde hace medio año en mi dormitorio, y nunca he leído más de una página seguida. Cuando miramos una de las combinaciones de signos, nos sentimos invadidos por Ch'ien, el Creador, y por Sun, el Bondadoso, por lo que no es lectura, ni tampoco meditación, sino una contemplación de agua corriente o nubes pasajeras. Todo cuanto podemos pensar o vivir está escrito ahí.
(1925)
Traducción de Pilar Giralt

Mi credo
Hermann Hesse

martes, 10 de octubre de 2017

Pida la palabra, pero tenga cuidado

Julio Cortázar. Último round.

Cuando el catedrático doctor Lastra tomó la palabra, ésta le zampó un mordisco de los que te dejan la mano hecha moco. Al igual que más de cuatro, el doctor Lastra no sabía que para tomar la palabra hay que estar bien seguro de sujetarla por la piel del pescuezo si, por ejemplo, se trata de la palabra ola, pero que a queja hay que tomarla por las patas, mientras que asa exige pasar delicadamente los dedos por debajo como cuando se blande una tostada antes de untarle la manteca con vivaz ajetreo.
¿Qué diremos de ajetreo? Que se requieren las dos manos, una por arriba y otra por abajo, como quien sostiene a un bebé de pocos días, a fin de evitar las vehementes sacudidas a que ambos son proclives. ¿Y proclive, ya que estamos? Se la agarra por arriba como a un rabanito, pero con todos los dedos porque es pesadísima. ¿Y pesadísima? De abajo, como quien empuña una matraca. ¿Y matraca? Por arriba, como una balanza de feria. Yo creo que ahora usted puede seguir adelante, doctor Lastra.

Último round (1969)
Julio Cortázar

domingo, 8 de octubre de 2017

Poesía y poema

Octavio Paz. El arco y la lira.

La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar el mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en sus seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no-dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la Idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal. Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!

El arco y la lira (1956)
Octavio Paz

sábado, 7 de octubre de 2017

Canto nocturno de un pastor errante de Asia

Yuliya Glavnaya. Luna llena.

Luna ¿qué haces en el cielo, dime,
Silenciosa luna?
Al final de la tarde surges, pasas
Contemplando desiertos y te posas.
¿Harta no estás aún
De recorrer tus sempiternas vías?
¿No rehúyes aún, aún deseas
Divisar estos valles?
Como tu vida es, luna,
La vida del pastor.
Con la primera luz de nuevo surge,
A los campos se va con sus rebaños,
Ve más rebaños, herbazales, fuentes,
De noche a su fatiga da reposo,
Y nada más espera.
Dime, luna: ¿qué vale
Para el pastor su vida?
Y esa tu vida, luna, ¿qué te vale?
¿Adónde, dime, tienden
El breve vagar mío,
Tu carrera inmortal?

Traducción de Jorge Guillén

Canto nocturno de un pastor errante de Asia
Giacomo Leopardi

viernes, 6 de octubre de 2017

Elogio de los aeropuertos

Siluetas de la gente en el aeropuerto. Ilustración de Freepik.

Hay veces que se cansa uno de ser y le gustaría solamente estar. Nada de complicaciones existenciales. Estar, sencillamente. La existencia, que es algo definitivo, es actividad -aunque esto pudiera parecer contradictorio- y toda actividad cansa a los mortales. Genes activos, células activas, átomos activos. Pensar, sufrir, reír, tal vez amar. El estar, en cambio, es algo transitorio y calmo, aunque sin llegar a la pasividad absoluta. Al menos lo percibimos como tal; es como si la vida siguiese su curso olvidándose un poco de nosotros. Decimos «estamos descansando», lo que lleva implícito un «por ahora». Sólo es descanso, esencialmente, el descanso eterno.
En los aeropuertos no se es; se está. Porque estar, por su provisionalidad, es una pausa en la existencia, un calderón, una suspensión en su movimiento más o menos acompasado. Nada es definitivo en los aeropuertos. Son puntos de llegada o puntos de partida. También puntos de referencia. El tránsito, como todo lo relativo, necesita un punto de referencia y ese punto lo son igualmente los aeropuertos. Son la perpetuación del tránsito. Son como la vida, que es una muerte transitoria; que es el espacio que media entre una y otra muerte. Por los aeropuertos pasa la vida y, a veces, se cansa uno de tanto pasar y pasar.
Algo de esto es también aplicable a los puertos y a los andenes de las estaciones de ferrocarril. Y digo algo y no todo, porque las diferencias son notables. En los puertos, que también son puntos de llegada o puntos de partida, no hay tránsito. No se va de un barco a otro. No hay tiempo para estar. La llegada o la partida de un barco es una actividad más y tiene un componente definitivo derivado de la duración de la travesía en relación con nuestras horas de vida y de la conciencia histórica de que en esa vida caben muy pocos viajes transoceánicos en barco. Por otra parte, sólo se puede hablar ya de viaje en los cargueros, en los barcos de guerra, en los de pesca de altura y en alguna aventura excepcional. Los de pasajeros son hoy barcos de cercanía. Además, quienes van a los puertos a recibir o a despedir a alguien también ejercen una actividad, como el que llega o el que parte. En los puertos se es; no se está.
Lo mismo ocurre en los andenes de las estaciones de ferrocarril. Hoy día se puede llegar a la hora justa. Han desaparecido los tránsitos -antiguos transbordos- que justificaban las estancias. A diferencia de los puertos, en los que es lento el amarre y lenta la ceremonia de zarpar, en los andenes todo es urgencia y silbidos y rápidos adioses. -¡Oh, aquellas despedidas con lágrimas y aquellos pañuelos agitándose por las ventanillas mientras se perdía el tren en la lejanía entre nubes de vapor!-. Pero, como en los puertos, también es todo existencia. También en los andenes se es.
En los aeropuertos, no. Cuando uno se cansa de ser, donde se está bien es en los aeropuertos, viendo aterrizar y despegar los aviones que llevan otras vidas, otras existencias; viendo ser a los demás y allá ellos, mientras uno se acomoda confortablemente en la oquedad de los momentos vacíos. Al menos hasta que la voz inmisericorde de los altavoces nos reanima y nos regresa a la realidad anunciando la próxima salida del vuelo SQ 333 con destino a Singapur. Es el nuestro.

(Inédito, 1998) De Por el ancho y pequeño mundo

Estado de palabra. Antología poética (1956-2002)
Rafael Guillén

jueves, 5 de octubre de 2017

Biografía del silencio

Fabiana Kofman. Simetría.

45
El apego es completamente independiente de aquello a lo que se está apegado. Podemos sentir apego hacia nuestra madre, pero también hacia un simple cuaderno (¡y este segundo apego puede ser incluso más visceral que el primero!). El apego tiene que ver con el aparato ideológico que rodea a lo que tenemos y, sobre todo, a nuestra manera de tener o no tener. La meditación es una manera para purgar el apego; de ahí que no sea agradable en primera instancia. Solo atravesada esa vía purgativa es también la meditación una vía iluminativa; pero el camino merece la pena recorrerlo aun cuando no se llegue a una gran iluminación. La simple purgación -y no es simple- compensa.
En el fondo da igual si se avanza mucho o poco, lo importante es avanzar siempre, perseverar, dar un paso cada día. La satisfacción no se obtiene en la meta, sino en el camino mismo. El hombre es un peregrino, un homo viator
En la meditación he aprendido -estoy aprendiendo- que nada es más fuerte que yo sino me apego a ello. Por supuesto que las cosas me tocan, los virus me infectan, las corrientes me arrastran o las tentaciones me tientan; por supuesto que tengo hambre si no como, sed si no bebo, sueño si no duermo; por supuesto que soy sensible a la caricia de una mujer, a la mano extendida de un mendigo, al lamento de un enfermo o al grito de un bebé. Pero una vez tocado o infectado, tentado o arrastrado, una vez enamorado o afligido soy yo quien decide -como señor- cómo vivir esa caricia o esa bofetada, ese grito o ese gemido, cómo reaccionar a esa corriente o responder a ese reclamo. Mientras pueda decir «yo», soy el señor; soy también criatura, desde luego, pero tengo una conciencia que, sin dejar mi condición de criatura, me eleva a un rango superior.

Biografía del silencio (2012)
Pablo dÒrs

miércoles, 4 de octubre de 2017

Tao Te King

Lao Tse. Tao Te King.

XI

Treinta radios convergen en el centro
de una rueda,
pero es su vacío
lo que hace útil al carro.

Se moldea la arcilla para hacer la vasija,
pero de su vacío
depende el uso de la vasija.

Se abren puertas y ventanas
en los muros de una casa,
y es el vacío
lo que permite habitarla.

En el ser centramos nuestro interés,
pero del no-ser depende la utilidad.

Traducción: Editorial Ricardo Aguilera

Tao Te King
Lao Tse

martes, 3 de octubre de 2017

La cita

Artemisia Gentileschi. Alegoría de la Fama.

Cantando por los caminos y bromeando, mientras cantaba, con aventureros ruines, pasaba la Fama junto al poeta sin hacerle caso.
Sin embargo, el poeta le hacía pequeñas coronas de canciones para que se adornase la frente en la Cortes del Tiempo; pero ella  se ponía las guirnaldas indignas que los turbulentos ciudadanos le arrojaban a su paso, hechas de cosas perecederas.
Y tras un tiempo, cada vez que esas guirnaldas se marchitaban, corría el poeta a ella con sus coronas de canciones; pero la Fama se burlaba de él, y seguía poniéndose las indignas guirnaldas, aunque siempre se marchitaban cuando llegaba la noche.
Y un día el poeta, amargado, le reprochó su actitud, y le dijo: «Hermosa Fama, tanto por caminos como por veredas, no has dejado de reír y de hablar y bromear con gentes despreciables; en cambio, te burlas de mí y pasas por mi lado sin mirarme, a pesar de que me desvivo por ti y sueño contigo».
Y la Fama le volvió la espalda, y se fue; pero al marcharse, le miró por encima del hombro, y sonrió como no lo había hecho nunca; y casi en un susurro, le dijo:
—Ya te visitaré en el cementerio, detrás del Asilo, dentro de cien años.

Traducción de Francisco Torres Oliver

En el país del Tiempo
Lord Dunsany

domingo, 1 de octubre de 2017

Los terrores del año mil

Enrique de Gandía. Génesis y esencia del arte medieval.

Una antigua doctrina, divulgada por el obispo Nepos, que había vivido en tiempos del Papa San Dionisio, decía que el mundo terminaría en el año mil. Las horrendas calamidades del siglo IX  parecían confirmar esta creencia. El clero dominaba sobre la humanidad. Nadie se preocupaba de las cosas terrenas. Todos pensaban en el juicio final, en el fuego de ultratumba, y los caminantes enloquecidos se dirigían al valle de Josafat para encontrarse allí cuando sonase la trompeta suprema. Los que sobrevivían a las epidemias y a las guerras hacían lo humanamente posible por salvarse el alma. Los monasterios hallábanse repletos, viéndose obligados a cerrar sus puertas a los incontables pecadores que pedían una casulla y un rincón para orar. Los caminos de peregrinación hormigueaban de peregrinos que iban a postrarse en Santiago, en Roma, en Toulouse, en Jerusalén. Los milagros se repetían asombrosamente. Hasta los pueblos bárbaros, como los eslavos, los húngaros, los polacos y los rusos, que hasta entonces habían permanecido en su gran mayoría infieles, se convertían en masa al cristianismo, acosados por el hambre y por el terror.

Génesis y esencia del arte medieval (1930)
Enrique de Gandía

sábado, 30 de septiembre de 2017

Testamento literario

Armando Palacio Valdés. Testamento literario.

La soledad conviene al escritor, pero la sociedad le es aún más útil. Si logra hallar la fórmula química que combine estos dos elementos antagónicos podrá llamarse feliz. Decía Goethe que la contemplación engrandece pero paraliza, y que la acción vivifica pero empequeñece. Lo mismo puede aplicarse a la soledad y sociedad. Será el más sabio aquel que sepa armonizar una con otra. En la soledad está nuestra grandeza, pero en la sociedad nuestra eficacia.

Testamento literario (1929)
Armando Palacio Valdés

El paciente inglés

Antonio Matallana. Mapamundi y libros.

Cada dos semanas había una conferencia en la Sociedad Geográfica de Londres. Una persona hacía una presentación y otra expresaba agradecimiento. El orador final solía poner objeciones o someter a prueba la consistencia de la exposición, se mostraba pertinentemente crítico, pero nunca impertinente. Los oradores principales se atenían -según daban todos por descontado- a los hechos y presentaban con modestia hasta las hipótesis más osadas.

Mi viaje por el desierto de Libia, desde Sokunm, en la costa mediterránea, hasta el Obeid, en el Sudán, transcurrió por una de las pocas rutas de la superficie terrestre que presentan diversos problemas geográficos interesantes.

En aquellas salas revestidas de madera de roble nunca se mencionaban los años de preparación, investigación y acopio de fondos. El conferenciante de la semana anterior había citado la pérdida de treinta vidas en el hielo de la Antártida. Se anunciaban con panegíricos mínimos pérdidas similares a consecuencia del calor extremo o de los huracanes. Toda consideración relativa al comportamiento humano y financiero resultaba absolutamente ajena a la cuestión que se examinaba, a saber, la superficie de la Tierra y sus "interesantes problemas geográficos".

Traducción de Carlos Manzano

El paciente inglés (1992)
Michael Ondaatje

viernes, 29 de septiembre de 2017

Los nueve libros de la historia

Los soldados de Jerjes azotando el Helesponto. Imagen de la Wikipedia.

Libro séptimo
Polimnia

34. Desde Abido, pues, hasta ese promontorio comenzaron a tender los puentes los encargados de ellos: los fenicios, el de esparto, y los egipcios, el de papiro. De Abido a la ribera opuesta hay siete estadios. Tendidos ya los puentes, sobrevino una fuerte borrasca que rompió y deshizo todo aquello.

35. Cuando se enteró Jerjes, indignado contra el Helesponto, mandó darle con látigo trescientos azotes y arrojar al mar un par de grillos. Y hasta oí también que envió al mismo tiempo unos verdugos para que marcasen con estigmas al Helesponto. Lo cierto es que ordenó que al azotarlo, lo cargasen de baldones bárbaros e impíos: «Agua amarga, este castigo te impone nuestro señor porque lo ofendiste sin haber recibido de él ofensa alguna. El rey Jerjes te atravesará, quieras o no. Con razón nadie te hace sacrificios, pues eres un río turbio y salado». Mandó, pues, castigar al mar, y cortar la cabeza a los encargados del puente sobre el río Helesponto.

Traducción de María Rosa Lida de Malkiel

Los nueve libros de la historia
Heródoto

jueves, 28 de septiembre de 2017

Tener libros de cabecera

Elsdon. Leyendo en la noche.

Capítulo VI
Tener libros de cabecera

Los libros que conviene tener a la cabecera son aquéllos capaces de aconsejarnos en cualquier circunstancia; los que nos elevan a través del relato de una vida ejemplar; aquéllos que nos narran la existencia de un hombre semejante a nosotros, como Montaigne, y por ello nos reconfortan; los que nos muestran el universo tal como es, y nos hacen participar de otras existencias, en medios y épocas distintos; los que resumen el Todo; aquéllos, en fin, que son como cantos. El libro más hermoso es, quizá, el que no ha sido escrito para ser leído, que no ha sido publicado sino después de la muerte de su autor, que no ha sido oscurecido por ningún deseo de agradar, que tiene la calidad de un testamento. Y es de desear que el libro sea lo suficientemente antiguo como para que no se llegue a ligar por ningún hilo a nuestras circunstancias presentes; y que nos haga sentir que aquello que nos conmueve en este momento es provisional.
Hay libros de cabecera que uno abre casi todos los días. También los hay que no se abren casi nunca, que existen, sin embargo, y que uno sabe que podría consultar. Se parecen a esos seres que nunca visitáis, pero que os hacen bien simplemente porque existen, y de los que sabéis que para verlos os bastará con abrir una puerta. El nombre de un autor o un título sugestivo son a veces suficientes.

Traducción de Celia Pereira y Carlos A. Duval

El trabajo intelectual (1951)
Jean Guitton

martes, 26 de septiembre de 2017

El extranjero

Renato Muccillio. Paisaje.

—Hombre enigmático, di, ¿a quién amas más: a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
—No tengo padre, ni madre, ni hermana, ni hermano.
—¿A tus amigos?
—Os servís de una palabra cuyo significado, hasta ahora, no he llegado a comprender.
—¿A tu patria?
—Ignoro en qué latitud se encuentra.
—¿A la belleza?
—De buena gana la amaría, diosa e inmortal.
—¿Al dinero?
—Lo odio como odiáis a Dios.
—¿Qué amas, pues, extraordinario extranjero?
—Amo a las nubes... a las nubes que por allá desfilan... a las maravillosas nubes.

Traducción de Compañía Ibero-Americana de Publicaciones

Pequeños poemas en prosa (1862)
Charles Baudelaire

lunes, 25 de septiembre de 2017

Peregrinos de la belleza

Angelos Giallina. El Partenón.

Presentación
El mundo mediterráneo 
como destino vital

Los viajes al mediterráneo dejaron de ser patrimonio de eruditos y aventureros cuando, a mediados del siglo XIX, Thomas Cook, empresario y puntal de la liga anti-alcohólica, descubrió por casualidad el viaje organizado. Ahora, los habitantes de mugrientas ciudades inglesas podían subir a un tren por la noche y, emulando a los ejércitos de Jenofonte, despertar por la mañana al enardecido grito de «¡El mar, el mar!», en las costas de la Riviera francesa o italiana. Cada vez era más la gente que podía visitar el Coliseo de noche a la luz de las antorchas, contemplar la languidez de la laguna veneciana en invierno, la belleza imponente del Partenón sobre la Acrópolis o disfrutar de las delicias de la bahía de Nápoles. Y para quienes no se movían de casa, los mejores artistas inmortalizaban en sus pinturas la luz mediterránea y la belleza de la campiña romana, mientras las mejores plumas deleitaban a los lectores con sus descripciones de los pintorescos paisajes y habitantes del sur.
Cada viajero tenía un motivo diferente para dirigirse al sur: la contemplación de las ruinas clásicas, los efectos beneficiosos del sol, la búsqueda de amores prohibidos o de un escondite para una relación ilícita. Y para algunos afortunados, aquel viaje deparaba insospechados y gozosos descubrimientos. Porque el amante del Mediterráneo ve el mar más azul, el cielo más índigo, la silueta de los árboles más definida y elegante en Italia o Grecia. Se pasea arrobado, con la mirada alterada del enamorado y desprovista de las telarañas de la cotidianeidad, como el místico que contempla la belleza del mundo porque ve las cosas como si fuera la primera vez. No solo la mirada se agudiza el el amante-místico, sino también la percepción. Los parajes están cargados de significado, se puede detectar la presencia del espíritu del lugar, de husmearlo, de temerlo, de adorarlo. En sitios como la Villa Jovis en Capri, en ese promontorio salvaje abierto al viento, al cielo y al mar, se puede llegar a perder la noción del tiempo y del espacio mientras se siente entre las ruinas la presencia persistente de otras miradas.

Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia (2015)
María Belmonte

sábado, 23 de septiembre de 2017

La deuda de las palabras

Rafael Cadenas. En torno a Basho y otros asuntos.

El filólogo las espía
les averigua su vida
lugar de nacimiento,
fecha, linaje, eclipses,
regresos, qué desean,
cómo vinieron a dar aquí
donde se esconden para no ver
a qué hora sufren o si aún cantan.
Hace tanto se amigó con ellas.
Les reprocha, eso sí que se vuelvan
cortesanas, que se alquilen,
que se deshonren,
pero sobre todo que cuando los dictadores
las usan, ellas no les quemen los labios.

En torno a Basho y oros asuntos (1916)
Rafael Cadenas

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Viaje al Oriente

Hermann Hesse. Viaje al Oriente.

Capítulo primero

Lo que más dificulta mi narración es sin duda la gran diversidad de recuerdos. Ya he dicho que a veces nuestro pequeño grupo marchaba solo, pero que otras formábamos una masa ingente al extremo de constituir en ocasiones un verdadero ejército. También he hecho constar que cubrí algunas jornadas en compañía de escasos camaradas, o solo por completo, sin tienda, sin jefe, sin Orador. Otra dificultad es, y grande, que no sólo cruzábamos espacios, sino también épocas. Marchábamos hacia Oriente, pero al mismo tiempo penetrábamos también en la Edad Media o en la Edad del Oro, cruzábamos Italia o Suiza, pero en ocasiones acampábamos en pleno siglo X, junto con los patriarcas o las hadas. En la época de mi peregrinaje solitario, hallé a menudo personas y países de mi vida pasada. Me paseaba con una antigua novia por las orillas del Rin superior, bebía vino con unos amigos de juventud en Tubingen, en Basilea o en Florencia, o era un escolar que hacía excursiones con los compañeros de clase para cazar mariposas o buscar lagartijas. Entre los compañeros de viaje recuerdo también a los personajes de mis libros favoritos: Almanzor y Parsifal montaban a caballo a mi lado, y también Witiko o Goldmundo, Sancho Panza y los Barkemidas, que me invitaron a marchar con ellos. Cuando tropezaba de nuevo con nuestro grupo, cuando volvía a escuchar las canciones de nuestro Círculo y acampaba ante la tienda de los jefes, entonces veía con diáfana claridad que mi retorno a la infancia o mi paseo con Sancho Panza pertenecían necesariamente a aquel viaje; ya que nuestro objetivo no tan sólo era Oriente, o, mejor dicho, nuestro Oriente no sólo era un país y un concepto geográfico, sino la patria y la juventud del alma, la inmensidad y la nada, el conjunto de todos los tiempos.

Traducción de Víctor Scholz

Viaje al Oriente (1932)
Hermann Hesse

martes, 19 de septiembre de 2017

Aikido

La palabra Aikido en caracteres japoneses kanji. Imagen de la Wikipedia.

Estamos preparados
para sobreponernos.
Es un arte. Se aprende.
Está en nuestra memoria desde niños.
Los juegos, los poemas,
las tardes traduciendo,
palabra por palabra,
las tragedias, el cruento
latín de historiadores.
Todo va al corazón y, transcurridas
las décadas, se vuelve
serenidad. Y ahora
alguno de los textos
de los filósofos occidentales
que he leído estos días
me lleva hasta la fórmula
que con la reverencia
mutua se intercambian
discípulo y maestro  en el aikido.
Uno a otro se dicen:
Gracias por enseñarme.

Eros es más (2007)
Juan Antonio González-Iglesias

Más allá del bien y del mal

Friedrich Nietzsche. Más allá del bien y del mal.

Sentencias e interludios
67
El amor a uno solo es una barbarie, pues se practica a costa de todos los demás. También el amor a Dios.

76
En situaciones de paz el hombre belicoso se abalanza sobre sí mismo.

125
Cuando tenemos que cambiar de opinión sobre alguien le hacemos pagar caro la incomodidad que con ello nos produce.

153
Lo que se hace por amor acontece siempre más allá del bien y del mal.

175
En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado.

Traducción de Andrés Sánchez Pascual

Más allá del bien y del mal (1886)
Friedrich Nietzsche

sábado, 16 de septiembre de 2017

La tregua de Nerón

Aegidius Sadeler II. Retrato de Nerón.

No se turbó Nerón al escuchar
el oráculo de Delfos.
«Guárdate del año setenta y tres».
Cuánto tiempo aún para gozar.
Tiene treinta y tres años. Amplio en verdad
es el período concedido por el dios
para inquietarse ante futuros peligros.

Ahora vuelve a Roma algo cansado,
espléndidamente fatigado tras un viaje cuyas jornadas
fueron una continuación de placenteros días
en teatros, jardines y gimnasios...
Noches en ciudades aqueas...
Y sobre todo la delicia de los cuerpos desnudos...

Así Nerón. Y en España, Galba
secretamente dispone y adiestra su ejército,
un anciano de setenta y tres años.
(1918)
Traducción de José María Álvarez

Poesías Completas
Konstantino Kavafis

El jardín de las delicias

Marco Denevi. El jardín de las delicias.

Mote justo

A cierta Herminia la apodaban Democracia porque, según decían los vecinos, en su vientre se juntaba todo el pueblo.

Llanto y luto

La diosa Ceres descendió rauda a la Tierra y entró como una tromba en la casa de su hija Proserpina:
¡Descocada! ¡Ayer enterraste a tu marido y hoy recibes la visita de otro hombre! 
—Hoy. Pero ayer le prohibí la entrada.

Consejo de Medea a una muchacha

Si no quieres que tu amante te abandone, cámbialo por otro.

El jardín de las delicias (1992)
Marco Denevi

viernes, 15 de septiembre de 2017

Ciencia

Charles Bonestell. Marte.

En algún lugar de los vastos arenales de Marte hay un cristal muy pequeño y muy extraño.
Si alzas el cristal y miras a través de él, verás el hueso detrás de tu ojo, y más adentro luces que se encienden y se apagan, luces enfermas que no consiguen arder, son tus pensamientos. Si oprimes entonces el cristal en el sentido del eje medio, tus pensamientos adquirirán claridad y justeza deslumbrantes, descubrirás de un golpe la clave del Universo todo, sabrás por fin contestar hasta el último porqué.
En algún lugar de Marte se halla ese cristal.
Para encontrarlo hay que examinar grano por grano los inacabables arenales.
Sabemos, también, que, cuando lo encontremos y tratemos de recogerlo, el cristal se disgregará, sólo nos quedará un poco de polvo entre los dedos.
Sabemos todo eso, pero lo buscamos igual.

El eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
Héctor Germán Oesterheld