jueves, 8 de diciembre de 2016

El sabor del éxito

José María Merino, fotografiado por Claudio Álvarez (2012).

Tan joven y ya ministro, piensa, y sonríe al sentir la frase repetirse una y otra vez en su cabeza, como una jaculatoria, eco incesante de las palabras de su madre, de su padre, de todos sus familiares, de sus compañeros y colegas. Es el destino, mi destino, y vuelve a sonreír, satisfecho.
Ha asumido pacíficamente los dominios del ministro saliente, amigo y compañero de partido, la gente de su secretaría y hasta los cajones y las estanterías a medio vaciar. Y tras un día de enorme ajetreo, a esta hora, última de la tarde, se ha quedado solo y se complace en esa tranquilidad.
Se siente colmado de euforia mientras observa el espacio que lo rodea, la enorme mesa de despacho, la otra circular, los grandes sofás, la madera que cubre las paredes, con ese color un poco funerario del roble, y los cuadros con paisajes de planicies vertiginosas.
En la pared de la derecha está la puerta de la secretaría, y en la de enfrente una más pequeña, que da acceso al cuarto de aseo, y otra que el ministro no ha abierto todavía.
El flamante ministro descorre el pestillo de esa puerta. Topa con el cuerpo denso pero endeble de un cortinón rojo, y, por fin, con una amplia sala rectangular, en penumbra. En los muros sobresalen los marcos de muchos cuadros de igual tamaño, y en un extremo hay una mesita iluminada por una lámpara ante la que se sienta un conserje, que ha percibido la presencia del ministro y se acerca con rapidez servicial.
«Son los retratos de sus antecesores, excelencia», dice el conserje, y la luz eléctrica ilumina ya, aunque someramente, esos muros en que las miradas inmóviles de los retratados ignoran la curiosidad de su sucesor. Desde los antiguos uniformes de gala, los retratados muestran la evolución de la vestimenta a lo largo de más de doce décadas.
De repente, el conserje hace una observación: «Don Vicente», exclama, señalando un retrato.«En su época empecé yo a trabajar aquí. Ésos son los siguientes, don Cruz, don Carlos, don Julio, don Javier, don Manuel, don Fermín, doña Esperanza, doña Pilar, A todos los he conocido», sigue explicando.
En la pared queda mucho espacio vacío. El ministro agradece la información y regresa a su despacho. En la galería de retratos hacía frío, y se nota un poco destemplado, y con una impresión de súbita melancolía cuyas razones no es capaz de identificar.

Días imaginarios (2002)
José María Merino

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Robert Southey Burke

Edgar Lee Masters, en Egipto, 1921. Foto: Myweb. wvnet. edu.

Me gasté mi dinero para que te eligieran alcalde,
A. D. Blood.
Te prodigué mi admiración,
eras para mí el hombre casi perfecto.
Tú devoraste mi personalidad,
y el idealismo de mi juventud,
y la fuerza de una noble fidelidad.
Y todas mis esperanzas para el mundo,
y toda mi fe en la Verdad
se fundieron en el ciego ardor
de mi devoción por ti
para moldearse a tu imagen.
Y cuando descubrí lo que eras,
cuando descubrí tu espíritu pequeño,
y que tus palabras eran tan falsas
como tus dientes de blanquiazulada porcelana
y los puños de celuloide de tu camisa,
odié el amor que te tenía,
me odié a mí mismo, te odié
por mi espíritu desperdiciado y mi desperdiciada juventud.
Y os digo a todos: cuidado con los ideales,
cuidado con poner vuestro amor
en ningún hombre vivo.

Traducción de Jesús López Pacheco y Fabio L. Lázaro

Antología de Spoon River (1915)
Edgar Lee Masters

martes, 6 de diciembre de 2016

Vaguedad

Carmen Jodra Davó. Las moras agraces.

Ya no sé lo que creo ni lo que soy.
Me gustaría ser perfecta:
ni hombre ni mujer,
material pero sin mancha alguna
de materia.
Sin embargo mi peso en el colchón
me dice que me deja de bobadas.

Las moras agraces (1999)
Carmen Jodra Davó

domingo, 4 de diciembre de 2016

El año sabático

Alfonso Canales. El año sabático.

LXI

Esto aprendí de Drácula: me llevo donde quiera que voy un ataúd con tierra natal. (A cada uno su suelo da una forma de vida y de muerte). Aprendí de Zavattini a guardar una vaca en el cuarto de baño, por si me llega el hambre y hay guerra por las calles de la ciudad con los comercios rotos. Aprendí de Tomás a poner dedos en todos los costados, por augustos que sean. De la tortuga de Zenón (y de Héctor) aprendí a no dejar que se me acerque el iracundo Aquiles. De Macario quise aprender la soledad. De Lewis Carroll, a penetrar en los espejos y a escrutar el revés de los retratos. Ahora sólo me falta ir aprendiendo algo de mí mismo.

El año sabático (1976)
Alfonso Canales

sábado, 3 de diciembre de 2016

Fragmentos de cuadernos y hojas sueltas

Kafka, retratado por Björn Griesbach.

Era un pasadizo estrecho, bajo, abovedado, revocado de blanco, yo estaba delante de la entrada, que llevaba en línea oblicua hacia lo hondo. No sabía si entrar, indeciso frotaba con los pies la escasa hierba que crecía delante de la entrada. Llegó entonces un señor, seguramente por casualidad, estaba un poco encorvado, pero voluntariamente, porque quería hablar conmigo.«¿A dónde vas pequeño?», preguntó. «A ninguna parte aún -dije contemplando su alegre pero altanero rostro (habría sido altanero aun sin el monóculo que llevaba)-, a ninguna parte aún. Todavía lo estoy pensando».

Traducción de Carmen Gauger

Fragmentos de cuadernos y hojas sueltas
Franz Kafka

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Palacio, biblioteca

Lynn Shaler. Colección privada.

La biblioteca en el palacio viejo
Da a sus libros un aura inteligente,
Que predispone a la lectura lenta,
A las sabrosas averiguaciones.
Raro quizá el lector de estos volúmenes.
Revestidos de bellas pieles, oros
En tejuelos, a gusto bien erguidos
Y por tamaños ordenados, velan,
Aguardan tiempo con memoria firme,
Pese a la destrucción innumerable.

Y otros poemas (1973)
Jorge Guillén

Materia y forma en poesía

Amado Alonso. Materia y forma en poesía.

La interpretación estilística de los textos

Nunca me parece poner demasiado énfasis en un aspecto de la obra literaria que la crítica ha descuidado siempre: que eso que el poeta ha ido haciendo, lo ha hecho con el acicate de un placer estético. Que el placer estético de ir haciendo la obra literaria entra constitutivamente en la obra misma, y que, en el terreno estrictamente poético, ese placer estético es la última y fundamental justificación. La crítica tradicional se ha conformado con dar por supuesto el goce estético en toda la obra de arte; pero no ha contado con ello concretamente para el análisis y valoración de cada obra. Analizan los materiales valiosos que en ella encuentran, pero no su función estética.
La estilística se ocupa primordialmente de ese goce estético, motor principal en la creación literaria; del goce estético salvado, guardado y dispuesto en la obra literaria como se guarda dispuesta una sinfonía en un disco; del goce estético que el lector no descarriado recoge, recibe y se apropia como principal enriquecimiento de su alma.
En el acto creador, ni la aducción de pensamientos y sentimientos valiosos, ni la formación de una realidad significativa, ni la convocatoria de palabras extrañamente sugestivas, ni el gracioso andar de la frase, ni la encantadora disposición de la materia sonora, nada de lo que constituye la obra literaria habría ocurrido si el prurito del goce estético no los hubiera convocado. En su última esencia, toda construcción artística es una aérea construcción de puro goce estético. Lo que llamamos inspiración es la tensión de espíritu producida en el poeta por el prurito de goce estético, de esa «llama que arde con apetito de arder más», como definió San Juan de la Cruz al amor.

Materia y forma en poesía (1955)
Amado Alonso

lunes, 28 de noviembre de 2016

Cuaderno de escritura

Carlos Pujol. Cuaderno de escritura.

26
Lo que solemos llamar escribir bien no es más que irresistible capacidad persuasiva.

39
Establecer con palabras un orden misterioso, subjetivo y necesario, el único orden personal y universal que le es dado a cada uno.

73
Escribir enriquece y disipa, agiganta trozos de la existencia y deja vacíos dentro de uno, como fragmentos de vida que se interrumpió durante un largo viaje por tierras extrañas.

98
La invención literaria se hace y se deshace en el fondo de uno mismo de manera misteriosa, hasta que al fin cuaja en palabras en las que casi no nos reconocemos porque tienen su propia vida.

Cuaderno de escritura (1988)
Carlos Pujol

domingo, 27 de noviembre de 2016

Vida de Plinio

Litografía de Plinio el viejo. Imagen de la Wikipedia.

Retóricos ilustres

Plinio el Viejo era de Como. Cumplió con distinción los cargos militares de los caballeros, y encargado continuamente de las misiones más brillantes, dio pruebas en ellas de la más grande integridad. Se entregó, a pesar de todo, con tal ardor a los estudios literarios, que difícilmente podría citarse un hombre que en sus ocios haya escrito más que él. Escribió, en efecto, en veinte volúmenes las historia de las guerras emprendidas contra los germanos, y en treinta y siete libros la historia completa de la Naturaleza. Pereció en el desastre acaecido en la Campania: mandaba allí la flota de Micenas, y durante la erupción del Vesubio se acercó al volcán con una nave de Liburnia, a fin de estudiar de cerca las causas del fenómeno. Vientos contrarios le impidieron salir de nuevo al mar, pereciendo ahogado bajo el polvo y la ceniza. Según algunos autores, fue muerto por uno de sus esclavos, a quien él suplicó que le diera muerte, al verse ahogado por el calor.

Nota: No era de Como, sino de Verona.

Traducción de Jaime Arnal

Los doce césares
Cayo Suetonio

sábado, 26 de noviembre de 2016

Rimbomba

Saúl Yurkievich. Rimbomba.

Historia

Esta es mi historia. Por fin. No es diferente de otras, no soy diferente de otros, pero ésta la acaparo. En esta historia soy el personaje principal.
Me desplazo, discurro, transcurro. 
Ahora salgo, camino, me siento en un banco de la plaza, veo lo que pasa.
Pienso cosas extraordinarias, pero no ocurren.
Luego tengo hambre. Debo aguardar.
Mis deseos cambian.
Hago lo de siempre.
Es mi historia. Mientras pueda la retengo, la dilato. Nunca tuve oportunidad igual. No quiero dejarla escapar.
Suceden, se suceden varios episodios.
Noto que no vale la pena detallarlos. No sé si meter a alguien más. No quiero compartir mi historia.

Rimbomba (1978)
Saúl Yurkievich

jueves, 24 de noviembre de 2016

Imágenes, imágenes...

Richard Borrmeister. Princesa india, 1888.

Prestigios y problemas del sueño
La imagen onírica

La India antigua conoce el misterio de los sueños paralelos que anuncian a dos seres que se ignoran el uno al otro una futura comunidad de destino. En el Kathâsaritsagara, es decir Océano de los Ríos de los Cuentos, un autor del siglo XII, Somadeva, cuenta cómo el rey Vikrâmâditya ve en sueños, en una región desconocida, a una joven de la que se enamora. Sueña que la estrecha en sus brazos, cuando el vigilante nocturno viene a interrumpir su dicha. Al mismo tiempo, en un país lejano, la princesa Malayavatî, que sentía horror por los hombres, percibe en sueños a un gran personaje que sale de un monasterio. Lo desposa y con él está gozando de los placeres del amor en el lecho nupcial cuando su camarera la despierta. Después de numerosas peripecias, los dos héroes se encuentran, se reconocen y se unen en la realidad como primero lo hicieron en sueños.

Traducción de Dolores Sierra y Néstor Sánchez

Imágenes, imágenes
Roger Caillois (1913-1978)

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Crónicas marcianas

Ray Bradbury. Crónicas marcianas.

Marzo de 2000
El contribuyente

Quería ir a Marte en el cohete. Bajó a la pista en las primeras horas de la mañana y a través de los alambres les dijo a gritos a los hombres uniformados que quería ir a Marte. Les dijo que pagaba impuestos, que se llamaba Pritchard y que tenía el derecho de ir a Marte. ¿No había nacido allí mismo en Ohio? ¿No era un buen ciudadano? Entonces, ¿por qué no podía ir a Marte? Los amenazó con los puños y les dijo que quería irse de la Tierra; todas las gentes con sentido común querían irse de la Tierra. Antes que pasaran dos años iba a estallar una gran guerra atómica, y él no quería estar en la Tierra en ese entonces. Él, y otros miles como él, todos los que tuvieran un poco de sentido común, se irían a Marte. Ya lo iban a ver. Escaparían de las guerras, la censura, el estatismo, el servicio militar, el control gubernamental de esto o aquello, del arte y de la ciencia. ¡Que se quedarán otros! Les ofrecía la mano derecha, el corazón, la cabeza, por la oportunidad de ir a Marte. ¿Qué había que hacer, qué había que firmar, a quién había que conocer para embarcar en un cohete?
Los hombres de uniforme se rieron de él a través de los alambres. No quería ir a Marte, le dijeron. ¿No sabía que las dos primeras expediciones habían fracasado y que probablemente todos sus hombres habían muerto?
No podían demostrarlo, no podían estar seguros, dijo Pritchard, agarrándose a los alambres. Era posible que allá arriba hubiera un país de leche y miel, y que el capitán York y el capitán Willians no hubieran querido regresar. ¿Le abrirían el portón para dejarlo subir al Tercer Cohete Expedicionario, o lo rompería el mismo a puntapiés?
Le dijeron que se callara.
Vio a los hombres que iban hacia el cohete.
—¡Espérenme! —les gritó—. ¡No me dejen en este mundo terrible! ¡Quiero irme! ¡Va a haber una guerra atómica! ¡No me dejen en la Tierra!
Lo sacaron de allí a rastras. Cerraron de un golpe la portezuela del coche policial y se lo llevaron al alba con la cara pegada a la ventanilla trasera. Poco antes que la sirena del automóvil comenzara a sonar, al acercarse una curva, vio el fuego rojo, y oyó el ruido terrible y sintió la trepidación con que el cohete plateado se elevó abandonándolo en una ordinaria mañana de lunes en el ordinario planeta Tierra.

Traducción de Francisco Abelenda

Crónicas marciana (1950)
Ray Bradbury

martes, 22 de noviembre de 2016

Escribir literatura de viajes

Miles Hyman. El escritor de viajes.

5.
¿Es necesario el trabajo en casa?

Muchos escritores de viajes leen cuanto cae en sus manos acerca de un destino antes de salir de casa, mientras otros prefieren llegar a un nuevo país sin las ideas preconcebidas que se forman inevitablemente con la lectura de las impresiones de otra gente. A menudo es difícil mejorar una descripción de un lugar que, en su día, un escritor famoso ya acuñó en una sola frase, y es más sencillo concebir algo original si no se han leído descripciones previas. Después de haber oído que Finlandia era «la tierra del encaje líquido», por ejemplo, me sentí impotente a la hora de intentar mejorar aquella acertada frase, que por otro lado parece haber quedado grabada para siempre en mi mente. Y la descripción de John Betjeman del Sydney Opera House como «una melé de rugby de monjas» se interpone inexorablemente entre el viajero y su bloc de notas. Sin embargo, pertenezco a la generación de «lee todo cuanto puedas antes de ir a la escuela del pensamiento», sobre todo guías. Es frustrante regresar de un viaje y descubrir que, de haber realizado este trabajo de antemano, habríamos sabido que nos hallábamos lo bastante cerca de un jardín de excepcional belleza como para visitarlo con el autobús local, mientras que, por el contrario, andábamos desesperados por llegar a la galería de arte que se había previsto visitar la próxima vez que estuviéramos en París o Florencia y ésta estaba cerrada.

Traducción de Joan Carles Guix Vilaplana

Escribir literatura de viajes
Morag Campbell

lunes, 14 de noviembre de 2016

Suspense

Patricia Highsmith. Suspense.

Capítulo 4
Distracciones y consejos para evitarlas

En cuanto a las pequeñas dificultades de la vida, las hay a miles. ¿Qué escritor no ha tenido que trabajar con dolor de muelas, con facturas que hay que pagar, con un niño enfemo en la habitación de al lado o en la misma habitación, cuando te visitan los parientes políticos, cuando una relación amorosa acaba de terminar o cuando el Gobierno te exige que rellenes más y más formularios? Apenas transcurre una mañana sin que el cartero traiga algo que puede producir molestias psíquicas. Nunca me han demandado por difamación, tampoco tengo deudas, pero hay otras cosas que pueden complicarle la vida al escritor la insistencia del Gobierno en que calcules tus ingresos para el año próximo, lo cual es imposible; la noticia de la pérdida o apropiación de bienes causada por haberte mudado de domicilio o por haberte ido a otro país (los escritores viajan con frecuencia porque necesitan cambiar de escenario); o la dificultad de encontrar una vivienda. Una vez, cuando ya tenía resuelto todo lo relativo a un piso nuevo en Manhattan —ya había pagado el alquiler por anticipado, firmado el contrato y avisado a los de las mudanzas— me dijeron que no podía ocuparlo porque era un piso para profesionales. Los escritores no son profesionales, ya que «sus clientes no les visitan». Estuve a punto de escribir al Departamento de la Vivienda o a quien hubiera redactado semejante ley y decirles: «No tienen ustedes idea de cuántos personajes llaman a mi puerta y vienen a verme cada día, y son absolutamente necesarios para mi existencia». Pero no llegué a escribir, sólo me hice la reflexión de que las prostitutas probablemente tenían derecho a un piso como aquél, pero los escritores no.

Traducción de Jordi Beltrán

«Suspense». Cómo se escribe una novela de intriga
Patricia Highsmith   

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Consideraciones sobre la escritura

Jaime Bames. Metafísica.

Capítulo XVIII
Consideraciones sobre los admirables efectos de la palabra y de la escritura

216. La escritura es la ampliación de la palabra; es la palabra misma, triunfando del espacio y del tiempo. Con la escritura no hay distancias. Un hombre retirado en un ángulo del Mundo concibe una idea, y hace un signo en una hoja deleznable; el hombre muere desconocido; el viento esparce sus cenizas antes de que se haya descubierto su ignorada tumba. Y, sin embargo, la idea vuela por toda la redondez del Globo, y se conserva intacta a través de las corrientes de los siglos, entre las revoluciones de los Imperios, entre las catástrofes en que se hunden los palacios de los monarcas, en que perecen las familias más ilustres, en que pueblos enteros son borrados de la faz de la Tierra, en que pasan sin dejar memoria de sí tantas cosas que se apellidan grandes. Y el pensamiento del mortal desconocido se conserva aún; el signo se perpetúa; los pedazos de la débil hoja se salvan y en ella está el misterioso signo donde la mano del obscuro mortal envolvió su idea y la transmitió al Mundo entero en todas sus generaciones. Tal vez el desgraciado perecía como Camoëns en la mayor miseria; su voz moribunda se exhalaba sin un testigo que le consolase; tal vez trazaba aquellos signos a la escasa luz de un calabozo; ¡qué importa! desde un cuerpo tan débil su espíritu domina la Tierra; la voz que no quieren oir sus enfermeros o carceleros, la oirá la humanidad en los siglos futuros. Esto hace la escritura. ¡Cuán débiles somos! ¡y cuán grandes en medio de nuestra debilidad!

Metafísica (1847)
Jaime Balmes

martes, 8 de noviembre de 2016

Las mujeres sabias

Fotograma de Cyrano de Bergerac, 1950. Dirigida por Michael Gordon.

Los hombres la creen tonta. Creen que no se da cuenta de nada, que lo único que sabe hacer es maquillarse, sonreír, manejar con gracia el abanico y tocar el clavicordio. Roxana no mata una mosca, dicen. Está siempre en las nubes, dicen. En fin, la tienen por una perfecta babieca a la que se la puede engañar como a un niño. Pero es ella quien engaña a todos. Ha comprendido desde el primer momento que las cartas de Cristian las escribe Cyrano. Y que el famoso discurso debajo de su balcón lo pronunció Cyrano (reconoció su horrible voz gascona) y no Cristian. Sabe que Cyrano es una lumbrera y que Cristian un burro. Pero ama a Cristian y no ama a Cyrano. De modo que sigue la comedia. ¿O qué pretendemos? ¿Que admita, delante de todos nosotros, no ignorar las pocas luces de Cristian y, sin embargo, estar enamorada de ese borrico? Entonces sí que la pondríamos en la picota. Sus amigas, sobre todo, se burlarían de ella. En cambio nos convence de que está convencida de la inteligencia de Cristian gracias a los trucos de Cyrano. Después que se case con Cristian todo el gasto de cerebro lo hará ella, aunque atribuyéndoselo a su marido.

Falsificaciones (1966)
Marco Denevi

viernes, 4 de noviembre de 2016

No amanece el cantor

José Ángel Valente. No amanece el cantor.

LENTAS SIGUEN las lunas a las lunas, como cede a la luz la luz, los días a los días, el párpado tenaz al mismo sueño. Vivir es fácil. Arduo sobrevivir a lo vivido.

No amanece el cantor (1992)
José Ángel Valente

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Hacedor de estrellas

Akageno Saru. Noche estrellada, 2012.

1. El punto de partida

¿El mundo entero? ¿El universo entero? Arriba, la oscuridad reveló una estrella. Una trémula flecha de luz, proyectada quién sabe cuántos miles de años atrás, ahora alcanzaba mis nervios como un punto visible, y me estremecía. ¿Pues qué podía significar nuestra comunidad, frágil, evanescente, fortuita, en un universo semejante?
Pero, irracionalmente, sentí en mí una rara reverencia, no hacia el astro, un simple fuego que la distancia santificaba falsamente, sino hacia otra cosa, algo que mi corazón descubría en aquel terrible contraste entre la estrella y nosotros. Sin embargo, ¿qué podía ser eso? La inteligencia, mirando más allá del astro, no descubría ningún Hacedor de Estrellas, sólo oscuridad; ningún Amor, ningún Poder siquiera, sólo nada. Y sin embargo, el corazón parecía cantar una alabanza.

Traducción de Gregorio Lemos

Hacedor de estrellas (1937)
Olaf Stapledon

miércoles, 26 de octubre de 2016

Confesiones del aventurero Félix Krull

Thomas Mann, fotografiado por Fred Stein, 1943.

Capítulo tercero

Por aquella época solía cavilar también sobre un problema que preocupaba a menudo mi mente y que aún ahora no ha perdido para mí su atractivo.
«¿Qué actitud es más provechosa —me preguntaba, considerar al mundo como algo importante o como algo trivial?». Para los grandes hombres —pensaba—, los generales, los políticos insignes y para todos los tipos de conquistadores y dominadores, por su misma naturaleza, probablemente no sería más que un tablero de ajedrez, pues de otro modo carecerían de la irresponsabilidad y de la frialdad necesarias para disponer con tanta despreocupación del bien y del mal de la comunidad, de acuerdo con sus inescrutables planes. Por otra parte, esta supuesta opinión tan despectiva puede ser fácilmente la causa de que se fracase en la vida; pues quien estima en muy poco al mundo y a los hombres y se convence tempranamente de su pequeñez, se siente propenso a hundirse en la indiferencia y la pereza, y prefiere desdeñosamente un estado de inactividad absoluta a cualquier agitación del espíritu; sin contar con que su insensibilidad y su falta de interés y comprensión ofenderán a cada paso a todo el mundo, cerrándole el camino del éxito. «¿Será acaso mejor me preguntaba— considerar al mundo y a la humanidad como algo grande, magnífico y digno de nuestro mayor celo, para merecer la estima y el respeto?». El aspecto negativo de esta consideración reside en que la actitud reverente puede llevar fácilmente a la timidez y al menosprecio de sí mismo, y el mundo se deslizará junto al estúpido respetuoso, para buscarse amantes más viriles. Por otra parte, la fe y culto del amor mundano ofrece también grandes ventajas. Pues quien acepta las cosas y los hombres como plenos de importancia, no sólo lisonjeará con ello a éstos, asegurándose así más de una protección, sino que también impregnará su propio pensamiento y su conducta de una seriedad y responsabilidad que, a la vez que lo harán más interesante y simpático como persona, pueden conducirlo hacia los éxitos y los destinos más altos.
Así meditaba, pesando el pro y el contra. Por lo demás, sin querer y de acuerdo con mi naturaleza, siempre me atuve a la segunda posibilidad, considerando el mundo como un fenómeno maravilloso, infinitamente seductor, que puede ofrecer las más dulces alegrías y que me parece digno de cualquier esfuerzo.

Traducción de Anny Dell'Erba

Confesiones del aventurero Félix Krull
Thomas Mann

domingo, 23 de octubre de 2016

Bajo la espada de Damocles

Richard Westall. La espada de Damocles.

Estar bajo la espada de Damocles es estar bajo la amenaza persistente de un peligro. Leemos en la prensa: «El "efecto 2000", una espada de Damocles sobre Rusia». Esta locución proviene de un episodio de la Antigüedad que nos cuenta Cicerón en Tusculanas (V, 20-22). Damocles era un cortesano de Dionisio el Viejo, rey de Siracusa (Sicilia) a comienzos del siglo IV a.C. Como este cortesano acostumbraba a ponderar la felicidad de los reyes, Dionisio, en una ocasión, le cedió su puesto, ordenando que le trataran a cuerpo de rey para que gustara por sí mismo tanta felicidad. Rodeado por un lujo fastuoso y atendido por bellos mancebos que a la menor señal le servían suculentos manjares, Damocles se sentía feliz. Hasta que vio sobre su cabeza, pendiente del techo y apenas sostenida por una crin de caballo, una afilada espada. Esto le hizo ver que los reyes viven en una constante inquietud y pidió permiso para abandonar, pues «ya no deseaba ser feliz».
Estar bajo la espada de Damocles es expresión que seguimos utilizando como advertencia cuando, en momentos de paz y prosperidad, acecha y amenaza algún peligro.

Estar al loro (2005)
José Luis García Remiro 

viernes, 21 de octubre de 2016

La canción del oro

Rubén Darío. Azul.

¡Cantemos el oro!
Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va, como los fragmentos de un sol despedazado.
Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra; inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.
Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a aquellos que no gozan de sus raudales.
Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las coronas de los reyes y los cetros imperiales; y porque se derrama por los mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias radiantes.
Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna y las vergüenzas de las alcobas adúlteras.
Cantemos el oro, porque al saltar del cuño lleva en su disco el perfil soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos templos, los bancos, y mueve las máquinas, y da la vida, y hace engordar los tocinos privilegiados.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las genuflexiones de espinazos aduladores y las muecas de los labios eternamente sonrientes.
Cantemos el oro, padre del pan.
Cantemos el oro, porque es, en las orejas de las lindas damas, sostenedor del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello caracol; porque en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a veces es símbolo de amor y santa promesa.
Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan, detiene las manos que nos amenazan y pone vendas a los pillos que nos sirven.
Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico y luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las diosas y en los coturnos trágicos y en las manzanas del Jardín de las Hespérides.
Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la cabellera de las más tiernas amadas, los granos de la espiga, y el peplo que al levantarse viste la olímpica aurora.
Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.
Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.
Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el hombre lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se tiñe en sangre; carne de ídolo; tela de que Fidias hace el traje de Minerva.
Cantemos el oro, en el arnés del caballo, en el carro de guerra, en el puño de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa del festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en el rayo del astro y en el champaña que burbujea como una disolución de topacios hirvientes.
Cantemos el oro, porque nos hace gentiles, educados y pulcros.
Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.
Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el sufrimiento; mordido por la lima, como el hombre por la envidia; golpeado por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de seda, como el hombre por el palacio de mármol.
Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca y por amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras hirsutas y salvajes del yermo.
Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca misterioso y callado en su entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante como un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de éter.
Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso, como con una gran muchedumbre de libras esterlinas.
¡Eh, miserables, beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos, vagos, rateros, bandidos, pordioseros, peregrinos, y vosotros los desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo vosotros, oh poetas!
¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los semidioses de la tierra!
¡Cantemos el oro!

Nota de Arturo Ramoneda:
En el alfiler que hiere el seno de la esclava. Se refiere a la costumbre que tenían las mujeres romanas de alcurnia de herir con alfileres en los brazos o en el pecho a las esclavas que no cuidaban de ellas con esmero.

Azul (1888)
Rubén Darío

martes, 18 de octubre de 2016

Nocturno

Ilustración de Alexander Bartashevich.

Toma y toma la llave de Roma,
porque en Roma hay una calle,
en la calle hay una casa,
en la casa hay una alcoba,
en la alcoba hay una cama,
en la cama hay una dama,
una dama enamorada,
que toma la llave,
que deja la cama,
que deja la alcoba,
que deja la casa,
que sale a la calle,
que toma una espada,
que corre en la noche
matando al que pasa,
que vuelve a su calle,
que vuelve a su casa,
que sube a su alcoba,
que se entra en su cama,
que esconde la llave,
que esconde la espada,
quedándose Roma
sin gente que pasa,
sin muerte y sin noche,
sin llave y sin dama.

Roma, peligro para caminantes (1968)
Rafael Alberti 

domingo, 16 de octubre de 2016

Adornos del silencio

Ilustración de Vladimir Gittin.

SILENCIO. Decir silencio es para mí nombrar la escritura, la mía. Y no sólo la mía: también mi saber sobre toda escritura, sobre toda palabra. O sobre la escritura que frecuento, de la que me alimento: la que me habla. El silencio, él me hizo escribir, él, en mí, como poeta y como ser, es lo fundacional. Lo inicial.
Aclaro: en el gozne de mis treinta años, entre antes y después, pasé siete años bajo voto de silencio en un monasterio Trapense. Antes de ello me había dedicado a la pintura, había estudiado y pintado desde niño. Un par de años antes de entrar en el silencio había dejado de pintar, o la pintura me había dejado: dejó de hablarme, o yo de decirme a través de ella. Ya adentro, el clima y el paisaje, la vida, eran uno: el silencio. Un silencio imponente, el de él, no el que nosotros hacemos. Fueron pasando los años allí, adentro de ese silencio, y creo que en mí también pasó algo: el paso del hablar al escuchar, del decir al recibir. El volverme también yo silencio, silencio encarnado: escucha.
Acababa de escucharse el tiempo: las campanas llamaban a vísperas, a inicio. Era el comienzo del otoño y por tanto era el atardecer, hora a la que, en el campo de mi país, aún se le llama "la hora del sereno", de la serenidad; ese tiempo en que el tiempo parece recogerse sobre sí y las cosas en vilo dispuestas a revelarse en el claroscuro que protege los secretos. Como cada día a esa hora, me encontraba en la cocina del monasterio preparando la comida, ésa era mi tarea cotidiana; en un momento, a punto de sacar una gran tetera de metal en la que había puesto agua a hervir para preparar el té miré por la ventana —una ventana circular que se abría a la inmensidad de un campo apenas ondulado—, diría que, sin decisión propia, tampoco con conciencia de escribir, tomé una pluma que estaba allí, un folio y, más que escribir anoté, como un escriba reverente que no quisiera perder las palabras que oye decir a su rey:

se pone el sol tras la ventana
de la cocina

el té está casi listo.

Fue un gesto de obediencia, con lo que la obediencia tiene de abaudire, esa respuesta que responde a lo escuchado, que lo obra. Ése fue mi primer poema, en torno a él nació también mi ópera prima: Brasa Blanca, ("brasa blanca los huesos del hombre"). También nacía algo de mí, algo en mí se creaba dando voz a la creación, a ese momento que una y otra vez vuelve casi igual: dando voz. Dejándome tocar, o hablar, por hechos, palabras a veces sueltas, otras en libros... Siempre la prelación la tiene lo otro, lo que siento que me busca, me habla, o me busca para hablarse. Siempre la vulnerabilidad. No puedo forzar nada, pero puedo estar allí, en el silencio hecho lugar: en la soledad receptiva, en la espera, oyente.
Algo así, fue el inicio de mi escritura, en ese tiempo callado,en ese lugar donde la vida era simplemente vida, desnuda, sin adornos, o mejor aún, adornada de esa misma desnudez. Desde entonces para mí escribir es ser fiel a ese espacio, vivir esa desnudez: el espacio que el silencio abre... Después escribir: tratar de callarme yo. Ese inicio, el que conté, desde entonces inicia todo lo que escribí después. Ese escuchar fue desde esos años lo que voy sabiendo sobre el escribir, lo que voy escuchando sobre el vivir.

Adornos del silencio
Hugo Mujica 

Greguerías

Ramón Gómez de la Serna. Greguerías.

El agua no tiene memoria: por eso es tan limpia.

Los ceros son los huevos de los que salieron las demás cifras.

Si te conoces demasiado a ti mismo, dejarás de saludarte.

No debemos ser cómplices ni de nosotros mismos.

Hay quien se reserva para dar limosna a los pobres que haya a la puerta del cielo.

Greguerías
Ramón Gómez de la Serna

viernes, 14 de octubre de 2016

Los olivos

Miriam Escofet. Olivos.

La tierra los da sin sentirlos y ellos nunca la han traicionado, han puesto sus nervios y su dureza a su servicio. Los alberos ven olivos fruteros, siempre frescos y enramados, los cubriales los desmedran, los polvillares los asolan, pero ya puede el sol apretar, ya puede el hacha ensañarse, serles infiel la reja labradora, tardía la lluvia, duro el viento, recio el sol, agudo el frío y larga la escarcha, que puntualmente vendrán con su aceituna el año que les toque y generosamente correrá el aceite por cauchines en los molinos y blandamente se derramará en dornillos y rebanadas.
Todavía en medio de los ordenados olivares de hoy, sobresalen restos de olivos viejos de casta distinta, lechines, manzanillos, injertos algunos en acebuches por las cercanías de montes y cañadas, rebajados otros, hijos de mala madre, sin orden en su conjunto, tan libres, altivos y desgreñados, tan pródigos y llenos de poesía, bailadores eternos en el campo, de un verde jugoso, con un cuerpo y sombra de árboles, con acogimiento a su pie para caminantes, con menos aceituna y más leyenda que estas diligentes filas de ojiblancos que no se acaban y a quienes no detienen más que las peñas en las herrizas y los limos de los ríos donde llegan a correr. Eran aquellos olivos de molino de viga, con largos husillos de ciprés o nogal, manejados por poco más que maestro y cagarrache que duraban lo que Dios quería, porque no eran tiempos de prisa, como acomodados a los olivos que maldito el caso que hacen del tiempo.

Las cosas del campo (1951)
José Antonio Muñoz Rojas

jueves, 13 de octubre de 2016

El porqué de los dichos

José María Iribarren. El porqué de los dichos.

Ser un cuco

Se dice del hombre taimado y astuto que ante todo mira por su medro o comodidad.
Este apelativo nace de la creencia vulgar según la cual el cuco o cuclillo deposita sus huevos en los nidos de otras aves para que estas los empollen.
Covarrubias hablando del cuclillo en su Tesoro de la lengua castellana, dice que así como el ave llamada curruca «es tan simple que saca los huevos de cualquier otra, poniéndolos en su nido, el cuclillo, de pereza, por no criar los suyos, derrueca en el suelo del nido abajo los huevos de la curruca, o se los come, y déjale allí los suyos para que se los saque y críe».
De esta misma falsa creencia participa la conocida copla popular:

Soy de la opinión del cuco,
pájaro que nunca anida:
pone el huevo en nido ajeno,
y otro pájaro lo cuida.

El porqué de los dichos (1955)
José María Iribarren (1906-1971) 

Rubayat

Omar Jayyam. Rubayat.

93
De la ciencia jamás mi corazón quedó apartado.
Los misterios que no se descifraban eran pocos.
Día y noche en el empeño, llevo setenta y dos años
y me ha quedado claro que nada queda claro.

116
Jayyam, si te entregas al vino, sé alegre.
Si una belleza de cara de luna te acompaña, sé alegre.
Pues concluye la labor del universo en la inexistencia,
como si no existieras, ya que existes, sé alegre.

Traducción de Clara Janés y Ahmad Taherí

Rubayat
Omar Jayyam

martes, 11 de octubre de 2016

Teatro privado

José Manuel Caballero Bonald. Laberinto de fortuna.

Vengo de muchos libros y de muchos apremios que la imaginación dejó inconclusos. Vengo también de un viaje absolutamente maravilloso que no hice nunca a Samarcanda. Y de un temor consecutivo vengo igual que de una madre. Soy esos hombres juntos que mutuamente se enemistan y ando a tientas buscando el rastro de una historia donde no comparezco todavía. ¿Seré por fin ese protagonista que desde siempre ronda entre mis libros y que también está aquí ahora sustituyendo a quien no sé? Sólo el presente puede modificar el curso del pasado.

Laberinto de Fortuna (1981-1984)
José Manuel Caballero Bonald

lunes, 10 de octubre de 2016

Racha de suerte

Roald Dahl. Foto: Blog.gale.com.

Racha de suerte
Cómo me hice escritor

Y fue entonces cuando por primera vez empecé a darme cuenta de que en un escritor que cultive la ficción hay dos vertientes claramente diferenciadas entre sí. En primer lugar, está la cara que muestra al público, la de una persona corriente como cualquier otra, una persona que hace cosas corrientes y habla un lenguaje corriente. En segundo lugar, está la vertiente secreta que aflora a la superficie sólo cuando ha cerrado la puerta de su estudio y se encuentra completamente solo. Es entonces cuando entra en un mundo totalmente distinto, un mundo en que su imaginación se impone a todo lo demás y él se encuentra viviendo realmente en los lugares sobre los que escribe en aquel momento. Yo mismo, si quieren saberlo, caigo en una especie de trance y todo cuanto me rodea desaparece. Sólo veo la punta de mi lápiz moviéndose sobre el papel y muy a menudo pasan dos horas como si fueran un par de segundos.

Traducción de Jordi Beltrán

Historias extraordinarias
Roald Dahl

domingo, 9 de octubre de 2016

La calle de Dapper

J. C. Bloem. Antología.

La Naturaleza es para los satisfechos o los vacíos.
Y además: ¿qué hay aún de Naturaleza, en este país?
Un pedazo de bosque del tamaño de un periódico,
una colina pegada contra algunas villas pequeñas.

Dadme los caminos grises de la ciudad,
las orillas remachadas de los muelles,
las nubes nunca tan hermosas como cuando, orladas
de lumbreras, se mueven a lo largo del cielo.

Todo es mucho para quien espera poco.
La vida tiene escondidos sus milagros,
hasta enseñarlos de pronto en su estado elevado.

Esto estuve meditando,
echado a perder por la lluvia, una mañana triste,
atolondradamente feliz en la calle de Dapper.

Traducción del holandés de Henriette Colin

Antología
J. C. Bloem

viernes, 7 de octubre de 2016

El arte no es el fin supremo

Étienne Gilson, en Toronto, 1929. Foto: Frederick William Lyonde.

El arte no es el fin supremo de la vida humana; el artista no es el solo y único tipo de hombre superior que se pueda concebir. La verdad y el bien, de los que la belleza no es más que una variedad, tienen también derechos que imponer. Puesto que todos esos transcendentales no son sino aspectos diversos del ser, hay razón para que el artista se comprometa, pero no puede comprometerse más que como hombre, no como artista. A título de artista no puede comprometer su arte más que hacia el fin propio del arte, del que se decía justamente que era la obra de arte por producir, y ninguna otra cosa. Como hombre, el artista puede tener otros fines, que serán religiosos, políticos, sociales, económicos y morales. No acabaríamos de enumerarlos. Puede también desear que la religión, la justicia social o el bien moral se beneficien de lo que sus obras puedan añadir de atractivo, de encanto, hasta de fuerza de persuasión, pero nada de esto es esencial al arte. En su propio orden, el arte está presupuesto por cualquier uso que se quiera hacer de sus obras. En efecto, para que sea utilizable a un fin cualquiera, es preciso primero que el arte exista; mas cesa de existir en cuanto lo aparten, por poco que sea, de su fin propio, que es engendrar la belleza.
No es una mediocre contribución al bien común de la civilización occidental esa toma de conciencia de la naturaleza y función propia del arte en cuanto arte.

Traducción de J. García Mercadal

Europa y la liberación del arte, en Europa y el mundo de hoy
Étienne Gilson (1884-1978)

miércoles, 5 de octubre de 2016

Masa y poder

Elías Canetti. Masa y poder.

Aspectos del poder
Gloria

A la gloria sana le es indiferente en boca de quién se extravía. No hace diferencia; lo esencial es sólo que sea pronunciado el nombre. La diferencia hacia los que lo pronuncian, en especial su igualdad entre sí, para el maníaco de gloria, delata el origen de su manía en los procesos de masa. Su nombre reúne una masa. Al margen, y sólo en escasa relación con lo que un hombre es realmente, el nombre lleva su propia, ávida, vida.
La masa del maníaco de gloria está formada por sombras; a saber, criaturas que no tienen por qué estar con vida, si es que tan sólo podrán una cosa: pronunciar un muy determinado nombre. Se desea que lo digan a menudo y se desea también que lo digan ante muchos, en una comunidad por lo tanto, para que muchos lo aprendan y se reconforten al pronunciarlo. Pero lo que hacen estas sombras si no  —su tamaño, su aspecto, su alimento, su obra—, al famoso le es más indiferente que el aire. Mientras uno se preocupa de los propietarios de bocas decidoras de nombres, mientras las recluta, las corrompe, incita o fustiga, no es aún célebre del todo. En ese caso está sólo preparando los cuadros para su ulterior ejército de sombras. Ya ganada, la gloria puede permitirse despreocuparse de todos, sin perder nada con ello.
Las diferencias entre el rico, el detentador del poder y el famoso, acaso pueden resumirse así:
El rico colecciona montones y rebaños. En lugar de éstos está el dinero. Los hombres no le interesan; le es suficiente el poder comprarlos.
El detentador del poder colecciona hombres. Los montones y los rebaños nada le significan, a no ser que los necesite para la adquisición de hombres. Pero quiere hombres que viven, para enviarlos de avanzada o llevarlos consigo a la muerte. Los muertos anteriores y los que nacerán después sólo le importan en lo mediato.
El famoso colecciona coros. De ellos, sólo quiere escuchar su nombre. Pueden estar muertos o con vida, o ni siquiera con vida, eso es indiferente, basta que sean grandes y ejercitados en corear su nombre.

Traducción de Horst Vogel 

Masa y poder (1960)
Elías Canetti

lunes, 3 de octubre de 2016

Lo que no acaba de llegar

Ángel Gabilondo. Alguien con quien hablar.

Llevo años esperando ese momento y ese momento no acaba de llegar. No sé muy bien en qué consiste, ni siquiera sé si sabría identificarlo si ocurriera, pero tengo la impresión de que todavía no ha sucedido. Lo sueño, trabajo por él, vivo para él, lo persigo. Me sostiene cada día, me hace desperezarme, levantarme. No pienso en otra cosa y no he llegado aún a ninguna conclusión. No es que obedezca a una determinada insatisfacción o a un descontento, más parece ser fruto de cierta incompletud, carencia o falta. No podría achacárselo a nadie. Incluso cabría decir que, si bien no soy exactamente un privilegiado, desde luego no soy ni un damnificado ni una víctima. He tenido la suerte suficiente, la salud suficiente, la satisfacción suficiente, los amigos, el amor, suficiente. Si no ha ocurrido, no he de atribuirlo ni a los demás ni a mi sórdida o difícil situación. Si fuera otro, encontraría que me van las cosas razonablemente bien. Quizá sea un exigente, o un exagerado, o un ansioso, pero ni siquiera eso explicaría por qué eso no acaba de llegar. Tal vez no soy capaz de salir de alguna suerte de adolescencia, no ya temporal sino constitucional. Pero tampoco eso daría cuenta de esta convicción de que aún no ha sucedido.
A veces pienso que eso que espero está ya aquí, que no lo sé ver, que me rodea, que me abraza, que me es tan próximo y evidente que ni siquiera soy capaz de reconocerlo. En otros momentos, considero que quizá su modo de estar aquí conmigo consiste en que está ya, pero siempre por venir, nunca dado del todo. Es lo que me hace vibrar y vivir, como una utopía o un horizonte, como un deseo sin objeto, que se vuelve sobre sí mismo, como un deseo de desear.
Tal vez temamos que se haga patente y que finalmente no sea para tanto. Quizá resulte impresentable, indecible, incluso no sólo insufrible, sino invisible. Eso no es algo, ni alguien. Es tan nuestro que nos constituye. En ocasiones, nos desalienta su imposible posesión, pero en otras es la clave de todo estímulo y desafío. He vislumbrado eso en una tarde, en una escritura, en un perfil, en unos pasos, en unos ojos, pero no acaba de llegar. A veces consideo que es mejor así, pero en cuanto lo acepto y me resigno se desvanece y me encuentro peor, y no por estar sin eso, sino por encontrarme con eso atrapado, poseído, muerto. Y, entonces, me alegro de que ese momento no haya sucedido.
Permanezco activo y a la espera. Y no ya tanto a la expectativa de ninguna llegada o venida, sino de alguien otro que cerca, y poblado por esta misma experiencia de lo que no acaba de llegar, sea una compañía, un estímulo, una complicidad, o quizás algo más.

Alguien con quien hablar (2007)
Ángel Gabilondo

sábado, 1 de octubre de 2016

Los libros tienen su propia suerte

Julio Cobo. Libros.

Los libros tienen sus propios hados. Los libros tienen su propio destino. Una vez escrito —y mejor si publicado, pero aun esto no es imprescindible— nadie sabe qué va a ocurrir con tu libro. Puedes alegrarte, puedes quejarte o puedes resignarte. Lo mismo da: el libro correrá su propia suerte y va a prosperar o a ser olvidado, o ambas cosas, cada una a su tiempo.
No importa lo que hagas por él o con él.
Puede quedarse escondido y escrito en cifra en un desván y ser descubierto ciento treinta y dos años más tarde; estar en todas las vitrinas y en manos y en boca de todos y pasar al olvido inmediatamente después de tu muerte, cuando para la gente seas apenas un nombre o un fantasma; cuando hayas desaparecido y ya ninguno te tema o espere favores de ti; o ya no seas simpático y tu famoso ingenio no haga reir más a nadie, porque nadie estará ahí para reirse, ni contigo y ni siquiera de ti.
O al contrario, donde los dulces novios pasaban de largo agarrados de la mano sin dignarse echar una mirada a tu querido libro, del que sólo tú sabes el trabajo que te costó, el amor que le pusiste y las dudas que te inspiró sumiéndote en la desesperanza, la sensación de impotencia y el rencor; donde la buena gente distraída te ignoraba, ahora lo toma en sus manos incrédula ante tanta maravilla que antes ni sospechaba, lo paga y se lo lleva a su casa, habla de él con sus amigos, lo presta o no lo presta, según, subraya párrafos, y en la noche, no importa la hora, despierta a su esposa o esposo y le dice oye esto.
(Pero tú anda muy lejos. No puedes verlo ni oírlo porque tal vez ya estés muerto sin que de la gloria del mundo te haya tocado en vida ni esa alegre migaja).
Ahora tu libro va debajo de los más extraños brazos y se haya en todas las mentes.
Calma; no sufras: mañana lo va a estar también y pasado mañana, y todos los días y los siglos venideros.
Resulta que los aplausos que recibió eran en realidad merecidos, y los premios que le dieron también y, como hoy, las cosa seguirán igual y hasta mejor: los niños de las escuelas irán el día de tu aniverasrio a la calle que lleva tu nombre, y el ministro dirá su discurso, mil quinientos años lejos, y podrás ver desde el lugar en que estés a aquellos seres extraños diciendo palabras en un idioma que ya no comprendes, y en un momento dado el ministro levantará la vista y el brazo y agitará su papel en la mano como saludándote y como diciéndote no te preocupes por tu mensaje, estamos contigo y te queremos mucho; mientras, los niños mirarán asimismo hacia lo alto y se llevarán la mano a los ojos cubriéndolos no sabrás si del sol o de tu propio resplandor.

La palabra mágica (1983)
Augusto Monterroso

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Atención

Foto: Boris Bugaev.

A los jóvenes aficionados
A cortejar muchacha buenas-mozas
En los jardines de los monasterios
Hago saber con toda franqueza
Que en el amor
                        por casto
Por inocente que parezca al comienzo
Suelen presentarse sus complicaciones.

     Totalmente de acuerdo
Que el amor es más dulce que la miel.

     Pero se les advierte
Que en el jardín hay luces y sombras
Además de sonrisas
En el jardín hay disgustos y lágrimas
En el jardín hay no sólo verdad
Sino también su poco de mentira.

Canciones rusas (1967)
Nicanor Parra

martes, 27 de septiembre de 2016

Visión de reojo

Luisa Valenzuela, fotografiada por Sara Facio y Alicia D'Amico.

La verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignora lo que su izquierda hace o. Traté de correrme al interior del coche —porque una cosa es justificar y otra muy distinta dejarse manosear— pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía nerviosa. Él también. Pasamos ante otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso que me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había 7,400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido.

Aquí pasan cosas raras (1975)
Luisa Valenzuela

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Epigramas

Goethe, retratado por Joseph Karl Stieler (1828).

LV
He vivido en tiempos de demencia, y no he dejado de ser tan loco como el tiempo me lo ordenaba.

LIX
Durante mucho tiempo, los grandes han hablado la lengua francesa, y sólo a medias estimaban al hombre de cuyos labios no fluía. Ahora, el pueblo entero, encantado, ha tomado el tono de los franceses. No os enfadéis, ¡oh poderosos! lo que habéis deseado, sucede. 

XCIII
«Dime, ¿cómo vives?» ¡Vivo! y si centenares y centenares de años fuesen concedidos al hombre, cuanto desearía para mí es que mañana fuese como hoy.

Traducción de Juan B. Bergua

 Epigramas
Johann Wolfgang Goethe (1749-1832)

martes, 20 de septiembre de 2016

Pensamientos en una estación seca

Gerald Brenan. Foto: Eldiario.es.

Religión

Los enaciados eran aquellos españoles de la alta Edad Media que no pertenecían a ninguna de las dos religiones, cristianismo e islamismo, y traicionaban por turno a ambas. Ellos vivían en la frontera y algunas veces levantaban verdaderas aldeas, por ejemplo Puebla de Naciados en Extremadura. Se diría que yo soy uno de ellos, situado entre el cristianismo y el agnosticismo, con un pie en cada campo. Pero no veo la necesidad de optar por uno u otro.

Hay cierto humorismo fantástico sobre algunas de las reliquias conservadas en las iglesias. El eminente humanista español Alfonso de Valdés (1490-1552) describe aquellas que vio en un convento cercano a Roma. Dejando aparte las usuales gotas de la leche de la Virgen, las plumas arrancadas a la cola del Espíritu Santo y los clavos de la Santa Cruz, había una botella conteniendo el aliento del asno que estuvo en el establo de Belén cuando nació Jesús.

Traducción de Manuel Vázquez

Pensamientos en una estación seca
Gerald Brenan